• Juan Diego González

Verano de Mangos

Era esta una de las grandes revoluciones de la enfermedad.

Todos nuestros conciudadanos acogían siempre el verano con alegría.

La ciudad se abría entonces hacia el mar y volcaba su juventud sobre

las playas. Este verano, por el contrario, el mar tan próximo estaba prohibido

y el cuerpo no tenía derecho a sus placeres.

Albert Camus “La Peste” (1947)

La piel pegajosa por el sudor, los labios resecos con necesidad de agua fría, los ojos irritados por el viento caliente y los diminutos granos de arena que se levantan del suelo sediento, sin lluvia por meses. Es verano de canícula. Llego a casa y me dirijo al patio, debo seguir el protocolo de limpieza antes de entrar (que enfado, mi cuerpo necesita refrescarse), a quitarse el cubre bocas, la ropa, echar agua clorada a la suela de los zapatos, lavar manos y cara. Aprovecho para remojarme la cabeza y siento el agua caliente bajar por el cuello. Pum… un golpe seco en el suelo me pone alerta.


Las aves trinan normal, un gallo a lo lejos se queja del calor también, una cuatrimoto pasa a toda velocidad… Pum, otra vez. Cierro la llave y dejo la manguera entre las matas. Entonces los veo, dos mangos, con su piel rojiza por el sol, parecen quejarse de estar tirados. Sonrío, dos apetecibles mangos están ahí, caídos del cielo (literalmente). Los recojo… me decepciono un poco porque no podré saborearlos de inmediato, están tibios. Abro la llave del agua y los lavo. Ahora ellos parecen sonreír, con una sonrisa dulce, entre amarilla y roja.


Los coloco en la mesa bajo la palapa. Me acomodo en la silla de playa. Sólo un instante. Recuerdo la sed y voy a la cocina por agua. En short, sandalias, la cabeza fresca por el agua, una brisa agradable se mueve entre las macetas. Saludó a mi mujer, beso, sonrisa. ¿Cómo fue? ¿Todo bien? Ella está en encierro porque de su trabajo le avisaron que no puede asistir hasta que la pandemia esté controlada o mejoren las condiciones. Sí, todo bien, mucho papeleo, llamadas, atender a papás y mamás que tienen infinidad de dudas del regreso a clases. (En mi caso debe salir a trabajar a la escuela en horario reducido). Otro beso, le digo que voy a descansar un poco afuera en la palapa, antes de comer.


Sirvo hielo, unas gotas de limón y agua. Salgo de nuevo. Los mangos siguen ahí, aunque los percibo inquietos. Como si me señalaran algo. Hay otro mango en el suelo. Del patio de los vecinos, un árbol de mangos arrojó de forma natural varios de sus brazos sobre la barda. Los mangos de este lado caen en mi patio. A los vecinos no les molesta y a nosotros nos gustan los mangos ¿a quién no?

Me acomodo otra vez en la silla roja de playa. Cierro los ojos al beber. Con el verano, siempre terminas por descubrir lo deliciosa que es el agua.


Mis ojos recorren los colores de las rosas, las bugambilias, el geranio, las teresitas, el jazmín, la corona de Cristo y hasta el nopal dio unas flores amarillas preciosas. Algunas mariposas revolotean sobre ellas. Unas abejas verdes recogen el néctar de las teresitas, una araña teje rápida y eficientemente su trampa de seda. Sé que hay hormigas recolectando alimento, aunque en este momento no las distingo.


En las calles, el infierno se mueve quejumbroso, los cubrebocas no alcanzan a ocultar el malestar de las personas, sus ojos extraviados por la pérdida de un familiar o el miedo de saberse contagiado. La hartura del calor y ni siquiera puedes correr al mar para gritar: “a toda madre” (en Todos Santos, el Océano Pacífico es helado). Si lo intentas, llegan los marinos y te corren de la playa, es por su seguridad, por favor retírese.


Abres la hielera con desconfianza, las cervezas están heladas pero no sabes quién las tocó. Ya no puedes compartir la caguama helada, receloso, la ocultas con un pañuelo y tratas de que llegué fría a tu casa. La canícula no perdona, parece hermanada con la pandemia, como si el Coronavirus fuera la nueva peste. Escuchas rumores de que se contagiaron varios en una fiesta, te asustas, te enojas, tristeza, decepción, ¿a dónde ir?


Afuera es el caos. No me queda más que cuidarme, cuidar a mi familia. Seguir el protocolo si es necesario salir. Cubrebocas, gel antibacterial, lentes, lavado de manos constante, sana distancia y la esperanza de volver a este diminuto paraíso en el patio de mi casa, morder un mango para saborear la dulzura de su sonrisa.

Por Juan Diego González

Autor y Periodista

FACEBOOK


39 vistas

©2020. Derechos reservados por Todas las Voces.