Una historia de amor



--- ¿Cuántos años…?

--- Ochenta y dos años cumplidos…

--- Toda una vida…

--- No, son muchas vidas… Porque la he amado desde siempre y siempre la seguiré amando…

--- ¿En verdad siempre estuviste enamorado de ella…?

--- ¡Siempre, siempre la he amado más que a mi propia vida…!

--- ¿Desde que la viste…?

--- Desde antes de mirarla por primera vez, siempre soñé con ella, siempre viví esperando el momento de encontrarla, siempre fue la motivación de mi existir…

--- Como si la conocieras de toda la vida…

--- No… Como si la conociera y la amara de todas, de todas las vidas…


Me dejó pensando mucho, la manera en que al cumplir sus ochenta y dos años, se expresaba de su mujer, de su pareja, de su novia, del amor de “todas sus vidas”, como le nombraba… ¿Cree usted en otras vidas…? ¿Cree usted en que hay algo más allá de la vida, de esta vida…? Seguramente con estas preguntas se podrían desatar un sin fin de polémicas charlas que terminarían simplemente concluyendo que, independientemente de aquello en lo que se crea o no, el amar de esa forma, es algo excelso, algo que no cualquiera logra sentir ni en esta ni, en su caso, en todas las vidas… Sentir amar así, más que a “mi propia vida”, es algo que se antoja incluso como algo que no puede existir más que en fantasía, algo que puede leerse en novelas, poemas y canciones de amor, pero que a la hora de enfrentarse a la realidad quizá, sólo quizá, no sean así de contundentes… Sólo quizá… Pero quizá sea verdad en algunos que se han atrevido a entregarse al amor con la magia que el amor requiere, como sucedió en esta historia real que quiero narrarles. No puedo continuar sin advertirles que estoy modificando algunos datos, algunas circunstancias, para mantener así la privacidad de los protagonistas de esta bellísima historia de amor.


La sensación que nos deja todo lo que estamos viviendo, es verdaderamente apocalíptica… No nos deja dormir la angustia que se despierta con todo lo que día a día estamos experimentando… Pensar en la muerte, de diversas maneras es algo que se presenta todos los días, sea cual fuere la manera de vivir… Pero en esta época en la que la muerte toca a las puertas cercanas, el pensar en ello es algo más tangible que nos provoca toda la angustia que el potencial y tan cercano final, tangible final, produce.


---Tengo miedo… Tengo mucho miedo…

---¿Miedo de qué, mi vida santa…?

---Miedo de todo, no sé… Miedo de quedarme sola o dejarte solo a ti… Miedo de no volver a verte o de que no me miren más tus ojos negros tan amados… El olor a la muerte nos envuelve noche y día… Es un olor que causa un miedo inmenso…

---Sí, mi cielo adorado… Los crematorios están funcionando las veinticuatro horas y no todos tienen los filtros necesarios, se tuvieron que habilitar de la manera que fuere porque no había capacidad de enfrentar tantas muertes…

---Sí, pero no solamente es el aroma a las cenizas de los muertos… Es el aroma a incertidumbre… Incertidumbre de lo que va a suceder si me enfermo o te enfermas tú… O nuestros hijos, nuestros nietos… ¿Qué va a pasar…?

---Estamos encerrados, siguiendo todas las indicaciones, mi ángel adorado… No nos va a suceder nada… No te vas a enfermar, ni yo… Ni nuestros hijos y nietos.

---No sé qué haría si te diera esta maldita enfermedad y te tuvieras que ir al hospital sin mí, no sé qué haría… No podría vivir más…

---No digas eso, mi amor… Amor de todas mis vidas… Siempre estaremos juntos, siempre iremos de la mano y, cuando sea el momento de enfrentar la partida, de la mano también emprenderemos el viaje…


Y un “¿Me lo prometes…?” fue rubricado con la respuesta lógica “¡Te lo prometo!” … De pronto, un día… Un día cualquiera de cuarentena, después de sobrevivir con todas las precauciones y los cuidados, ella enfermó… Primero intentó negarlo… “No, no pasa nada, es un resfriado que se va a curar con un caldito de pollo” … Pero el resfriado no amainaba… La fiebre se hizo presente y con ella los accesos de tos cada vez con mayor frecuencia e intensidad… Y con todo ello, los temores ahora le envolvieron a él… Las preguntas y respuestas ante el panorama que se le presentaba eran siempre aterrorizantes… La oración se volvió permanente y tomados de la mano le acompañaba cada segundo narrándole historias que de cuando en cuando motivaban su sonrisa… Esa sonrisa cantarina que tenía… Esa sonrisa de ángel que le había hecho “reconocerla” desde que sus miradas se abrazaron y nunca más pudieron estar el uno sin el otro… “¿Te acuerdas cómo jugaban tus manitas con las estrellas…?” “¡Sí, claro… Pero es que las estrellas querían cantar y me pedían que las tocara para que me regalaran canciones que yo te regalaba a ti…!” “Todo canta cuando tú estás… Todo, por eso cantan las alas de los colibríes…” “Es que los colibríes cantan con sus alitas…” “Es que tú los haces cantar…” Y cuando de la mano le hacía viajar a aquellas historias, a aquél paisaje en donde las manos hermosas de ella recogían caminitos de plata del arroyito que disfrutaban tanto, ella sentía sonreir el alma hasta que un repentino acceso de tos, le volvía a la realidad, la aterrorizante realidad… Y lo inevitable, sucedió… Un día llegaron ellos… Y de la mano, cuatro o cinco trajes de astronauta extraños, de blancos jinetes del apocalipsis que en vez de corceles llevaban aparatos, se los llevaron juntos al hospital Covid… Así les nombraban… Hospital Covid… Ella lloraba en silencio sin dejar de mirarlo… Él intentaba sonreír como tratando de tranquilizarla y envuelto a su vez en un pavor que jamás pudo imaginar… Al llegar al Hospital Covid, así les llamaban, los separaron… Las manos amorosas, tuvieron que ser arrancadas una de la otra y el llanto no dejaba de brotar de los ojos amados y amantes de todas las vidas… “¿A dónde la llevan… Qué va a pasar con ella…?” “¿Por qué no lo dejan estar conmigo…?” “No nos separen, por favor no nos separen…” “¿Por qué no nos dejan estar juntos…?” “No sabemos si usted está infectado, tenemos que hacer las pruebas pertinentes” “A mí qué me importan las pruebas, déjennos estar juntos…” “Señor, dígame a qué horas voy a poder verlo, por favor dígame” Y el silencio formal, inexpresivo, casi cruel de las personas que se encargaban de atenderlos, era toda la respuesta… Tal vez, ante la angustia y el estrés al que Médicos, enfermeras, trabajadores de la salud en general se enfrentaban constantemente, les hacía permanecer un tanto fríos, como si la frialdad les protegiera ante el embate de la enfermedad…


Ella es aislada, intubada, venoclisis… Sola… Más sola que nunca… Jamás hubiera imaginado lo que era sentirse así, completamente sola… Aislada del mundo entero… Pero la mayor desazón, era el pensar en él… ¿Cómo estaría… Se habría enfermado también… Cómo hacerle saber que lo amaba con todo su corazón… Por qué no le había dicho más veces que lo amaba desde siempre… Por qué no lo había hecho…? Sentía ir cayendo en un sueño profundo… Tenía miedo… mucho miedo… Una luz la envolvió… Y…


El, regresó a su casa… Sus pasos se negaban a continuar… ¿Cómo iba a enfrentar la vida sin ella…? Todos le comentaban que era un regalo del cielo el que él no hubiera dado positivo al coronavirus… Y una frase se repetía como campana rota en su interior ¡Cómo voy a vivir sin ella… Cómo seguir caminando… Para qué, para qué…! Y decidió que no, no podía continuar, que así como se encontraron en esta vida, se encontrarían… Fue a acostarse… Por la ventana, miró la Luna, “mi luna, tu luna, nuestra luna…” Y en el sueño, la vio, sus miradas se abrazaron una vez más y ya jamás volvieron a separarse… Cuando lo fueron a despertar, su rostro reflejaba felicidad, tranquilidad… Amor… Habían vuelto a encontrarse y seguramente estarían haciendo cantar a las estrellas tomados de la mano… “ochenta y dos años y seguía enamorado del amor de todas sus vidas…”

Por Alberto Ángel “El Cuervo”.

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A mitad de la pandemia envuelto en una historia de amor.

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