• Alberto Ángel "El Cuervo"

Todos somos Garric


Por Alberto Ángel “El Cuervo” | FACEBOOK


Hace unos días, me tocó recibir los insumos que traía el repartidor del supermercado… Lógicamente, esto es porque con la contingencia que nos aqueja, siendo sujeto de riesgo no sólo por la edad sino por diversas condiciones patológicas derivadas por los años, he permanecido en absoluto claustro durante ya cuatro largos meses… Durante los mismos, la reflexión que es cuasi impulso involuntario, no deja de asomarse cotidianamente al raciocinio… Y no es solamente curiosidad científica en tanto que la Psicología está vinculada a mi persona gracias a mis estudios en la añorada Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco, no… Mi curiosidad va más allá del mero interés como científico de la conducta humana tanto a nivel personal como social… Se trata simplemente de ese interés empático con mis congéneres (algunos, algunas veces en algunos lugares le llaman chisme y punto) y la reflexión en torno a todo lo que sucede alrededor de mi persona motivando el interesarme por el pensar y sentir de los demás así como por lo que acontece día con día en esta etapa de la humanidad que definitivamente nos ha impactado como una marca de vacuno durante la ceremonia, la fiesta de La Fierra, esa fiesta en donde el ganado nuevo se marcaba en el anca con un fierro al rojo vivo que generalmente lleva las iniciales del dueño de la res que se marca… Así, así nos marca esta experiencia que ni por lejos imaginamos algún día y que nos llevó a cobrar conciencia de muchas cosas… Muchas cosas que antes revestían una vital importancia, dejaron de tenerla… Y “solamente me pongo unos pants, al fin que nadie me va a ver…” o “¿para qué peinarme si voy a estar solo…?” “Ahora sí le entro al ajo y la cebolla, al fin que ni siquiera habrá oportunidad de que se perciba mi aliento desagradable…” Hasta “Si es videoconferencia por zoom, sólo me pongo la camisa y la corbata; de todos modos nadie verá que ando en calzones…” Y qué decir de los llamados elegantemente metrosexuales que en el deportivo se pasaban horas poniéndose cremas y peinando su cabellera de impecable corte hecho en la lujosa estética para caballeros con la pistola de aire hasta que el espejo les devolviera la imagen de un “triunfador” exactamente como lo señala el llamado “coach de liderazgo” que me ofreció esa escuela carísima cuyo interés primordial es la formación de gente bonita emprendedora que se convierta en un exitoso líder en la “importantísima” preparación universitaria para hacer dinero a costa de lo que sea… Las caretas caen una a una… A diestra y siniestra, se va apercibiendo la gente de lo inútil que resulta en este momento crucial el ser “influencer” o aplicar los lemas estúpidos y estupidizantes de los llamados couches de liderazgo y las instituciones que te preparan a nivel de licenciatura para ser ¡Todo un hombre de éxito…! Y “¡Venga, decreta… La vida te tiene reservado el éxito a la vuelta de la esquina! ¡Tú eres una persona valiosa, grítalo, grítalo para que el destino se de cuenta y el éxito te llegue!”… “Si no tienes éxito es porque no quieres porque oportunidades tienen todos…” Y te ponen videítos y te cuentan historias de seres que nacieron en la miseria y construyeron un emporio ultra archi millonario… Patético… Sí, patético y lastimero es ver a aquellas personas que predicaban el éxito al alcance de su mano en diez sesiones del curso de líderes emprendedores garantizado, dándose cuenta de que su prédica, en estos momentos… La verborrea de los pseudogurúes que decretan que el éxito se dará y la conducta y discurso abominables de los llamados influencers, en estos momentos de lo que quizá es la más difícil etapa que el mundo entero haya experimentado en casi un siglo, todo ello, todo… ¡No sirve para un carajo! Ni los líderes emanados de esas escuelas de emprendedores, ni los autollamados couches o diseñadores de imagen ni los llamados influencers, tienen la más mínima idea de cómo solucionar la problemática con la que las verdaderas ciencias se enfrentan… Patético… Ridículos… Impotentes llorosos otrora prepotentes y discriminantes, ahora se hincan implorando a todas las divinidades existentes y por inventar que se apiade de ellos… ¡Cuántas veces habré escuchado de compañeros de mesa en reuniones en restaurantes caros peroratas de protesta por cosas tan banales a los compañeros meseros…!

---¡Mil veces, mil veces les he dicho que no quiero la salsa encima sino al lado… De qué manera se lo digo…! O ¿hablo chino? Tengo años viniendo y siguen sin entender…

---Disculpe, me lo llevo y se lo vuelven a preparar enseguida…

---No, déjelo… De todas formas ya me echaron a perder el desayuno… No sé por qué sigo viniendo…

Y el trabajador, haciendo de tripas corazón, muestra una sonrisa al estilo Garric por no dejar salir la mentada de madre que quisieran… Y hacia donde volvamos la mirada, podríamos encontrarnos con situaciones similares… Los influencers, los couches y los emprendedores al enfrentarse con la muerte que gira alrededor del virus en turno, se miran incrédulos cuando sus “varitas mágicas” del éxito prometido, pueden ser guardadas donde más les plazca ante lo inútil que resultan… Pues volviendo al compañero repartidor del súper, al recibir la mercancía, comencé una plática informal y aparentemente superficial…

---¿Cómo le está yendo…?

---Pues… Mire, la verdad es algo triste… No me quedó de otra más que meterme de repartidor…

---¡No me diga…! ¿En qué trabajaba antes…?

---Pues yo soy pianista… Estudié en el Conservatorio… Y trabajaba en un restaurante… Y a veces pues tocaba en alguna orquesta… Pero pues todo eso se cerró… Mi esposa trabajaba en una empresa muy grande y pues la despidieron sin darle siquiera una compensación justa… Es triste… Y mire, no es por nada pero no todas las personas son como usted, la mayoría nos trata hasta con insultos porque llegan las cosas equivocadas en el pedido o algo así de lo cual nosotros los repartidores no tenemos la culpa… Y pues tenemos que poner una sonrisa ante el insulto… No queda de otra para poder conseguir la comida… Ora sí que el show debe continuar jajajaja…

---Como Garric…

---¿Perdón, mi señor…?

---Garric, un payaso que lloraba por dentro…

---Pues no, no lo conocí… ¿Era como Brozo…?

Pianista… Músico de academia, del Conservatorio… Inevitable recordar al Maestro Juan de Dios Peza con su inolvidable poema “Reír Llorando”… Inevitable recordar aquella ocasión de aquel concierto en que me tocaba salir al escenario a divertir a la gente cuando mi padre tenía un poco más de 24 horas de muerto… Y así, salí a reír llorando… Pero en este momento, en que la vida nos cimbra, nos obliga a pensar… En este momento en que muchos de pronto hacen conciencia dolorosamente de lo frágil y lo breve de la existencia, en estos momentos en que el gremio del espectáculo se ve impedido de conseguir el sustento mínimo, indispensable al igual que muchos sectores más… En estos momentos en que los pianistas se convierten en repartidores… En estos momentos en que los Médicos, enfermeras y trabajadores de la salud en general (y estoy utilizando genéricos incluyentes, que es un recurso idiomático literario, antes de que los recalcitrantes pseudofeministas me reclamen) se ven agredidos absurdamente, incompremsiblemente y no les queda otra más que esbozar una sonrisa ante el insulto y la agresión… En estos momentos en que incluso en el entorno familiar se producen enfrentamientos constantes que el claustro obligatorio genera… En estos momentos es cuando más presente se hacen los versos de ese poema del Maestro Peza cuando el Médico le recomienda al deprimido que intenta suicidarse ir a ver a Garric el mejor payaso de la Tierra y el enfermo responde “¡Yo soy Garric, cámbieme la receta…!” En estos momentos en los que no obstante la presencia de la muerte cerca y lejos nos aterra y sin embargo hay que seguir adelante porque “EL CARNAVAL DEL MUNDO ENGAÑA TANTO,/ QUE LAS VIDAS SON BREVES MASCARADAS;/ AQUÍ APRENDEMOS A REÍR CON LLANTO/ Y TAMBIÉN A LLORAR A CARCAJADAS…” Y nos damos cuenta que… Todos somos Garric.

Alberto Ángel “El Cuervo”.

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México-Tenochtitlan, entre la pandemia y una sonrisa.

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