• Miguel Ángel Avilés

Santita Muerte


Mi doctor me lo pidió como un ejercicio y yo lo agarré como una costumbre. Era el último intento para evitar que un día amaneciera inerte sobre la cama con un tiro en la cabeza. Me dijo que todas las mañanas, antes de levantarme, pensara algunas formas en que yo pudiera morir y recreara en mi mente cada episodio. Luego imaginara las consecuencias que eso acarrearía y por supuesto el sufrimiento que vivirían mis seres queridos cuando se enteraran de mi fallecimiento.


Atendí al pie de la letra sus recomendaciones: muy temprano, diariamente, yo me ponía las manos en la nuca y viendo al techo, echaba a volar la imaginación para tejer posibles historias sobre mi forma de morir. Cruzaba la calle con un elote en la mano que me comía tan agusto y de pronto un carro que nunca sabría de donde salió, me pegaba en mi costado izquierdo tan recio como venía y yo iba a caer quince metros adelante, sin vivir para contarlo. Enseguida aquel cuerpo se llenaba de curiosos y se regodeaban tomándome fotos con su celular desde todos los ángulos. En un rato más llegaba la ambulancia, pero no me levantaba porque ya estaba muerto.


Es el carro de medicina legal el que me lleva y allá en la morgue me identifica una novia que había tenido en la procu. Solloza y le avisa a un pariente de ella que a su vez conocía a mi familia y es así como se enteran de lo ocurrido. A los dos días me sepultan, no sin antes llorarme a moco tendido tanto en el sepelio como en el camino al panteón. Pero nada extraordinario, salvo lo de mi prima Alicia, de complexión robusta y altura como la de Godzilla que perdió el equilibrio casi al borde de la fosa y con tal de no caer hasta el fondo conmigo, se aventó hacia atrás como lo hacía El Rayo de Jalisco, llevándose a su esposo de corbata, un hombre parecido al flaco de oro que a punto estuvo de secundarme en eso de morirse trágicamente.


En otra ocasión iba de pasajero en un avión y este se estrella cerca del aeropuerto de Barajas, en España. Después del rescate, se traían lo que, según ellos, eran mis restos y en ataúd sellado, me velan solo un día y por la mañana del siguiente quedaba tres metros bajo tierra. Alguien proponía un homenaje, pero no tuvo eco. Me bajaron lentamente, los sepultureros quitaron esa alfombra verde con sumo cuidado, sollozaron unos cuantos, dejaron caer las paladas de tierra y sobre el montículo que coronó mi inhumación, encimaron un montón de coronas multicolores que los amigos suelen llevar.


Un sábado que me desperté más tarde que de costumbre, cerré los ojos y me vi batiéndome a tiros con un par de sicarios que se parapetaban atrás de una camioneta, mientras yo les disparaba desde adentro de un Oxxo. En eso llegan refuerzos (de ellos) y me dejan como coladera. En un noticiero vespertino dirían que abatieron a un peligroso narcotraficante y los que me habían dado cuello, resultaban ser policías municipales vestidos de civil a quienes condecoraron por haber arriesgado su vida en estos hechos. Unos amigos no se creen el cuento, pero otros sí y estos últimos hacen un corrido en mi memoria y levantan un nicho a modo de cenotafio a un costado de esa cadena comercial a donde de vez en cuando se iba a poner veladores y cada quien contaba su propia versión de lo que ahí pasó. Las nuevas generaciones no sé de donde chingados sacaron que yo era un santo y hay quienes traen una imagen de mi colgada al cuello. No me parezco nada, pero según ellos soy yo.


En los días que no contaba con tanto tiempo para estos ejercicios, pensé al ahí se va y en una perdía la vida gracias a un infarto fulminante; en otra me atragantaba con un pedazo de carne en una taquería y moría ahogado frente a los comensales a quienes le arruiné la noche por tragón; en una más era yo apenas un niño y, en un internado, me caía de una litera cuando soñaba que yo era Tarzán y rodaba por el suelo luchando contra un león. Si rodé, pero para dar contra el piso y ahí quedé desnucado. Así me la pasé durante poco más de un mes, pero mi obsesión por suicidarme no se iba. Hablé con el doctor y me pidió que tuviera calma. Ahora escríbalas, me dijo, verá que pronto desterrará de usted esos fantasmas.


Apreté los dientes para no despotricar en su contra y esa misma tarde me puse a redactar lo que bien pudiera ser un diario póstumo. Me acabé un cuaderno y nada. Hasta aquí llegó mi paciencia, advertí, pero al despertar vi que no era cierto. Fue cuando me percaté que la terapia se había vuelto un hábito, y no había una mañana que no amaneciera pensando en una forma de morir. Ya era como en automático.


Un problema se había convertido en dos: no se iba la idea de suicidarme, ni tampoco la múltiple forma de hacerlo. Digamos que de la terapia pasé a la teoría y de la teoría a la práctica. Aquello que solo había sido recomendando para el fuero de mi imaginación, ahora se trasladaba a los hechos y mi casa se volvió lo que bien podía llamar el castillo de los auto sacrificios. El abanico de posibilidades para cometer la inmolación fue yendo de más a menos y, si al principio me hice por ahí de alguna cuerda para recurrir al ya trillado ahorcamiento, más adelante me hice en el mercado negro de una pistola vieja pero lo suficientemente funcional para lo que requería- ponérmela en la boca o en la sien y ¡bang!, listo, se acabó, que los demás se encarguen del resto.



Virginia Woolf en la casa de Monk'

Como no quería escatimar en opciones, por si alguna fallaba, sume a estas el envenenamiento con plaguicidas y compré una buena dotación de estas. Así mismo, ingresé a google y leí lo básico de como asfixiarse con el monóxido de carbono y, claro, también me previne para agregar a esta lista a la intoxicación con analgésicos o barbitúricos para lo cual soborné a un doctor de las farmacias similares y me vendió una buena cantidad a precio de mayoreo. Eso sí: descarté el recurso utilizado por Virginia Woolf que se metió en un río con los bolsillos del abrigo llenos de piedras y ya no fue encontrado su cuerpecito y el de Alfonsina Storni que se internó lentamente en el mar, o se arrojó a las aguas desde una escollera, yo que sé, pero se dio piso de esta manera y hasta ahí llegó.


No es que las descartes por motivos de cobardía o para evitar que me acuse de plagio pos morti, más bien es por un temor al fracaso y luego ser el hazme reír de los amigos y hasta de mi propio doctor de mierda sirvepanada ya que el mar de mi puerto donde vivo esta encrucijada es tan manso y de tan baja profundidad que así me vaya caminando de aquí hasta la otra punta, nunca me cubriría y mi intento sería infructuoso.


Además, para serles franco, si he morir así, quiero que sea en casa , rodeado de lo poco que tengo y sin sacar a nadie de su rutina diaria , solo porque a un tipo de le ocurrió quitarse la vida , sin importarle lo macabro que sería para ese niño o esa señora de la tercera edad el ver de un de repente el pendular de un cadáver colgado de un árbol del área verde de la colonia o atarse de un abanico de techo o de un travesaño de la puerta de la cocina y segar todo aquello desquebrajando, casi viniéndose abajo, sabedor de que a él no le tocaría reconstruir nada de eso. Aquí el doctorcito si hizo bien su trabajo pues esa vez de la consulta me pidió que imaginara las consecuencias que esto acarrearía más el sufrimiento que vivirían mis seres queridos cuando se enteraran de mi fallecimiento y es lo que estoy haciendo. Bueno, lo hizo a medias porque las ganas de irme al otro plano como dicen, no se me quitan y esto no es cuestión de échale ganas y pendejadas de esas que sugieren lo que en materia de suicidios y crisis depresivas saben lo que yo sé de mecatrónica.


Mi dilema entonces ya no es si acabo con mi vida o no. Mi disyuntiva es como lo hago, de tal suerte que todos salgamos ganando. Yo, este que mira desde la ventana de mi cuarto hacia el mundo exterior. Mi familia que no es poca y que habré de evitarle gastos de andar contratando carpinteros para reconstruir puertas o andamios. El Ministerio publico quien no deberá de dudar que fue lo que pasó y el forense que dará fe de expiración y la razón del porque expiré. Y mis amigos de quien no quiero saber que andan especulando sobre los motivos que me llevaron a esto y conjeturen sin compasión alguna sobre posibles deudas, infidelidades, amenazas, desfalcos y aberraciones así.


Mientras decido, le marcaré al doctor para darle un pormenor de lo que me ha pasado y despedirme de él. Ojalá me conteste porque ya van algunas tardes que le marco y nada. Solo me brinca el buzón y la vocecita esa que habla como las viejas mustias mosquitas muertas.


Por cierto: el cable del teléfono es una herramienta que no había tomado en cuenta y se ve resistente. Ya está llamando. Primer timbrazo…segundo timbrazo…ya empieza a obscurecer. Nunca había visto tanta luz en la ciudad. Apenas diviso el montoncito de gente. Me subiré a ese banquito para verla mejor. Quiero saber que se siente. Cuestión de esperar un poquito más, solo un poco más. Al final y al cabo, para todo hay tiempo.

Por Miguel Ángel Avilés

Autor y Abogado

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