Perros en el OXXO


En un día normal tendríamos una cola de gente gritando que se abriera la segunda caja. Pero desde el inicio de la pandemia casi no hay clientela. Los fines de semana lo que más se vendía era alcohol: Tecate, Oso Negro, Caribes, Indio, incluso las tonayas se terminaban. Por la contingencia los bebedores se quedaron bailando en la loma. Desde la caja vi el refrigerador con el último doce de Tecate. Estábamos solas en la tienda, Paula y yo. Ella siempre traía su uniforme planchado y un cubrebocas nuevo todos los días. Yo rehuía de los espejos para no ver la profundidad de mis ojeras. Paula limpiaba o acomodaba cuando no teníamos gente, no le gustaba estar sin trabajar. A veces me robaba Gansitos y los comía en el baño, donde me encerraba a echarme un sueñito. Eso sí, tomaba la cubeta con la que trapeábamos y mojaba a los perros sarnosos de la calle. Los cabrones aguardaban pacientes a que entrara alguien para colarse y meter sus hocicos en el refrigerador de los sándwiches.


Daniela —susurra Paula en la otra caja, casi que para sí misma, con pena—, me quedaré con el puesto. Me lo dijo esta mañana Armando. Tragué saliva, con el pulso cabalgando en mis sienes. Nuestro antiguo gerente de tienda murió por coronavirus, por suerte no nos contagió. Nos asignaron un suplente, Armando, pero este maneja otra tienda, y no podía estar con nosotras todo el día. Armando checó nuestros desempeños, decidiendo cuál de las dos sería la mejor para iniciar el entrenamiento de gerente. Ambas queríamos el puesto. Ella para comprarse una laptop y seguir con sus clases en línea. Yo para mandarle lo del gasto a mi madre, quien me exigía más porque los huevos subieron de precio. Lo que le daba no era suficiente para cuidar a la niña. O aportaba más o me iba buscando a otra taruga que me la criara.


La virgencita sabe que Paula se lo merece más que yo. Lo admito, he llegado tarde a trabajar, borracha, o bajo la influencia de la marihuana. Ella se esmeró por ganarse la confianza del suplente. Sé que no soy una perita en dulce, sin embargo, ¿qué haré si no tengo quién me cuide a la chamaca? Estaba a punto de rogarle que me dejara la oportunidad. Sin embargo, me guardé las palabras cuando entraron una pareja y un hombre corpulento, los tres con cubre bocas. Sabía quiénes eran, no solo porque fueran clientes recurrentes, también vivían por la zona. En la vecindad corrían varios chismes, como que la Petacona engañaba al Xoloitzcuincle. No obtuvo ese mote porque le gustara el club tijuanense de fútbol, sino por su aspecto trespeleque. El otro era Borrachales, el teporocho de la colonia que peleaba con las piedras mientras gritaba: ¡UPA!


Busqué mi celular en mi mochila detrás del mostrador. Empezamos turno, y se nos olvidó dejar nuestras cosas en la bodega. Hice a un lado el tupperware con marihuana que me trajo mi dealer temprano, para tomar mi celular. Veía memes en Facebook cuando oí cuchicheos en la vitrina del alcohol. Rápido subieron de tono. Me fijé por los espejos de los pasillos para ver mejor la escena. Nosotros lo vimos primero. Le dijo el Xoloitzcuincle al Borrachales. Me vale güey, yo lo tomé antes que tú. —los rostros de ambos estaban peligrosamente cerca, sin respetar la sana distancia. El borracho cargaba el doce de Tecate como si fuera un bebé. Me daban la espalda, pero por el silencio pude notar que se calaban las miradas. Que me lo des, a la verga! —los hombres comenzaron a forcejear. Por la inercia de la pelea el esposo de la Petacona la empujó hacia atrás. Los dos hombres se aferraban al doce como un pitbull apretando su mandíbula en torno al cuello de su presa. La Petacona parecía perdida, viendo hacia todos lados, como buscando algo. Corrió por el pasillo y la perdimos de vista, pero volvió enseguida con una bolsa de carbón. Con todas sus fuerzas se la estampó al ebrio en el rostro. Le asestó tan bien ese golpe que pensé que lo noquearía, sin embargo, solo ocasionó que el doce cayera al suelo junto con el cubrebocas.


Asustada por tanta violencia le pregunté a mi compañera qué deberíamos hacer. Ella sin pensarlo dos veces presionó el botón de emergencia. Sacó su celular, tecleando a la velocidad de la luz. Me volví para ver si se habían calmado. Sabía que gritar que se aplacaran no era una opción. Luego de que al alcohólico se le pasó lo aturdido se fue como toro encima del cabeza de rodilla, al que sometió como en una lucha grecorromana. La mujer tomó una botella de Pepsi y se la estrelló en el rostro a su contrincante. Cayó de lado y ella aprovechó para ver cómo estaba su viejo. Borrachales tomó ese descuido para contraatacar. Enrolló el cabello de la mujer en su puño y muñeca, se dio vuelo y la aventó contra el mostrador de los Cheetos. El Xoloitzcuincle se levantó, solo para volver a la lona con otra andanada de golpes. Como pudo se defendió, pero no era suficiente. Atarantada, la Petacona se puso en vertical. Paula y yo vimos la impotencia guardada en sus lágrimas. A lo lejos comenzaron a escucharse las sirenas de una patrulla. Con la coleta desecha y un diente menos, la Petacona tomó el doce del suelo y comenzó a azotarlo contra el piso, la pared, los mostradores, a pisar las latas. Tal arrebato logró detener la refriega del par de hombres. El líquido amarillo se mezcló con el carmesí de la sangre. Los policías entraron al local con pistola en mano.


¿Dónde están? —gritó un policía con la papada colgante, similar a un bulldog. Ahí atrás les explicó Paula. ¡Parecen animales! —grité, quizá para sentirme un poco útil en esa situación. Los policías avanzaron por los pasillos desde distintos flancos. No hacía falta que les gritaran arriba las manos. Los tres tenían gesto compungido, como de perro regañado, con la cola entre las patas. Mi compañera me puso una mano en el hombro. Quédate aquí. Mientras se peleaban le mandé un WhatsApp a Armando para avisarle. Le dije que no lo hiciera, pero ya vino en su carro a ver cómo estamos. Cuídame el changarro, ahorita vengo. Me quedé ahí parada, con un sabor amargo de inferioridad en la boca. La muy perra ya me daba órdenes. Los policías estaban ocupados, esposando a los revoltosos. Me mordí el labio por la incertidumbre de mi propia decisión. La oportunidad estaba ahí, en bandeja de plata para que yo la tomara. ¿Pero qué sería de mi amiga? ¿Y qué va a ser de ti, pendeja? ¿Quieres que tu hija crezca con alguien como tú de ejemplo? ¿Que se levante hasta las dos de la tarde como su mami? ¿Que termine arañando las paredes si le faltan las jeringas y los gallos?


El brazo que sacó el tupperware con la marihuana no era mío. La mano que abrió la mochila de Paula no me pertenecía. La Daniela que dijo las siguientes palabras tampoco fui yo. Oficial, ¿puede venir? ¿Qué ocupa? —el policía bulldog llevaba a cuestas al Xoloitzcuincle. Me da mucha pena, pero quiero denunciar posesión ilegal de estupefacientes. ¿No ve lo que estamos haciendo? No chingue y marque al 089 para dar su denuncia anónima. No me entiende, oficial. Mi compañera trae drogas en su mochila. Si quiere revise, detuvo el arresto y se volvió hacia mí como si tuviera olfato canino, olisqueando en el aire el dulce aroma de la carne asada. Paula entró mientras el policía excavaba en su mochila. El remordimiento de ver cómo se la llevaban me cerró la garganta. ¿Cómo pude haber hecho eso? ¡Era mota de la buena! Pero el puesto de gerente me provocaría más serotonina que cualquier droga.


Pasó un mes y seguía la cuarentena. El entrenamiento estuvo bien pelado. Por suerte hace unos días entró a trabajar Alex, un morro alto y flaco que dejó la universidad para apoyar a su familia. Me aligeraba el jale, o mejor dicho hacía casi todo mi trabajo. Yo solo me encargaba de checar que la tienda marchara en orden. Si se llenaba, muy de vez en cuando, abría la segunda caja, solo si se me apetecía. Con mi flamante sueldo le compré una tele nueva a mi vieja para que viera sus telenovelas, y a la niña un iPhone última generación. De no ser por la pandemia todo sería perfecto. Estaba sola, mandé a Alex a acomodar leches en el refrigerador. Me divertía viendo TikToks en mi celular cuando ella entró.


A veces por la noche sueño con la mirada que me lanzó esa tarde. Tenía unos ojos de impotencia y confusión cual cordero consciente de que irá al rastro. ¡Diles que no es mía! ¡Daniela, diles! ¡Armando, ayúdame, tú sabes que yo no soy así, por favor! La noticia salió en los periódicos web de la zona. Afortunadamente no se embarró la imagen de Paula, solo publicaron la historia de los peleoneros. Me enteré de que el Borrachales perdió su trabajo en la fábrica el día que le hizo pleito al Xoloitzcuincle. La Petacona decidió separarse de su marido por no defenderla como debía, sobre todo porque era su aniversario. No volví a verlos en la tienda ni por la calle. La que sí volvió fue Paula. Nunca la vi tan macilenta. Llevaba el cabello enmarañado como lo tenía yo antes de comenzar a verme presentable, como la gerente que soy. Se acercó a la caja con unos Pingüinos y un suero. Se los cobré enseguida, esperando que se fuera lo más rápido posible.


¡Hola! ¿Cómo te va? ¡Qué bonita te ves! Ay, muchas gracias…—estuve a punto de decirle “tú también”. Hubiera sido un insulto. Ya sé que es raro que me aparezca por acá. Pero voy en camino al trabajo y no desayuné. ¿Dónde estuviste? ¿Te metieron a la cárcel? No, ni siquiera llegué. Me dieron dos opciones; una era soltarles feria para que me dejaran ir. Como no tenía en ese momento tuve que decirles que no. ¿Y la otra? Soltarles el chiquito. ¿Y se los diste? Me negué, pero … les valió. Pensé que me iban a matar después me soltaron y me quitaron lo poco que traía. Ni un pinche Uber pude pedir ¡¿Cómo?! ¿No metiste demanda? ¿Para qué? De nada sirve. Fue a mí a quien le encontraron la mota. O me la plantaron esos cabrones para hacerme sus porquerías, no sé. Por lo menos estoy viva y por fin pude encontrar un nuevo trabajo. Sí, güera. Me alegro mucho por ti…


Bueno, ya me voy. Cuídate. Por cierto —ya se iba, pero se devolvió con una tierna sonrisa. De no ser por el vidrio que pusieron como medida preventiva por la pandemia, me hubiera puesto su mano en mi hombro—. Muchas gracias por ser tan buena compañera. Dios te bendiga.Ni siquiera pude contestar. Cuando se fue me quedé escuchando el zumbido de las luces led, sintiendo con los vellos en punta el frío del aire acondicionado. Una madre debe hacer lo que sea para asegurar el bienestar de sus hijos, ¿verdad? Sin embargo, me pregunté qué pasaría si a mi hija unos puercos la lastimaran de por vida, como lo hicieron con Paula. Me sentí ridícula con mi uniforme, me dieron ganas de quemar el gafete de gerente. Se me antojó darme un buen toque, un trip tan fuerte que me diera la pálida, andar como perro con rabia. Tomé mi celular y le marqué a mi dealer.


Hey, ¿qué onda? ¿Cómo cuantos gramos de heroína se ocupan para quedarte arriba?... Nomás, quiero saber… ¿Cuánto por todo eso?... ¿Puedes traérmelos al Oxxo ahorita?... Es todo, aquí te espero. Muévelas. Alex entró a la tienda luego de un rato—Jefa, es mi hora de comida, ¿puedo salir por algo? Claro… como sea.Gracias, qué jefa tan chingona tengo. Al rato le caigo.


Antes de que la puerta terminara de cerrarse un perro se alcanzó a colar. No tuve fuerzas para ahuyentarlo, ni siquiera cuando este comenzó a gruñirme. Tenía el pelaje crispado y la cola bien hacia atrás. Supongo que me reconoció por las veces que los bañaba con agua sucia. Cuánto hubiera agradecido que me soltara una mordida. De preferencia en la yugular

Por Jonathan Pérez Juárez


- Becario del programa Talentos Artísticos del Instituto de Cultura de Baja California. Ha publicado en la antología Fragmentario (2017). Estudia literatura en la Universidad Autónoma de Baja California. Ha participado en talleres de creación literaria y círculos de lectura, en BC. Escribió el guion de Buen hijo, producido por VCB Films, próximo a estrenarse. -


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