No puedo (caminar por la calle, salir, vivir) respirar

No hay en este mundo un pobre tipo linchado

un pobre hombre torturado

en el que yo no sea asesinado y humillado

Aimé Césaire, Et les chiens se taisaient, 1958.


Dicen que no se debe perder el candor y la inocencia de la niñez, volver a tener su mirada, regresar al país de la infancia cada vez que se pueda, estoy de acuerdo y no. A lo mejor queremos huir lo más pronto del territorio de cuando niños porque ya vimos el horror en ese lugar “paradisiaco”, ese lugar platónico, espacio del olvido, de lagunas de la memoria (necesarias), estatura pequeña con sueños que fueron enormes: infancia.


No olvidar ponerse los ojos de la infancia, sí, para contemplar la jacaranda y su carcajada morada sobre el piso, el charco y los perros tras de uno. Llevarse un dulce tras otro a la boca, ferozmente, esa es una condición de hermosa libertad en los chiquillos.


Nos insisten en no olvidar ajustarnos bien los ojos de la infancia para ver el mundo de hoy. Sí, los niños ríen sin razón, escarban en la tierra y nada saben de los pagos de servicios e impuestos, pero que no se olvide que lloran lágrimas cargadas de razón, vienen de un río que capta a detalle la injusticia, no conocen el artefacto de la justicia social pero pueden derramar un llanto que viene de ver la crueldad gratuita, es claro que esa mirada se deslava cuando ingresamos al teatro de los adultos. Los adormecidos no escuchan los gritos del hombre derribado en una calle de Minneapolis.


“Aquel a quien nunca se le dejó de decir que sólo entendía el lenguaje de la fuerza, decide expresarse por la fuerza. De hecho, desde siempre, el colono le ha señalado el camino que debiera ser el suyo si quería liberarse. El colonizado elige el argumento que le ha señalado el colono y, por un retorno irónico de las cosas, es el colonizado quien ahora afirma que el colonizador sólo entiende la fuerza.” (Fanon, 1952)


Un niño ve como igual a otro niño, llora cuando ve un pájaro o su mascota muere, se lleva las manos al rostro cuando se asombra o grita de terror porque el mundo que empieza a revelarse ante él no tiene sentido, regresar a ese estado de lágrimas por el otro es necesario, lo que haga sufrir a los demás nos incumbe.


“Llego lentamente al mundo, acostumbrado a no pretender alzarme. Me aproximo reptando. Ya las miradas blancas, las únicas verdaderas, me disecan. Estoy fijado. Una vez acomodado su micrótomo realizan objetivamente los cortes de mi realidad. Soy traicionado. Siento, veo en esas miradas blancas que no ha entrado un nuevo hombre, sino un nuevo tipo de hombre, un nuevo género. Vamos... ¡Un negro! Me deslizo por las esquinas, topándome, gracias a mis largas antenas, con los axiomas esparcidos por la superficie de las cosas -la ropa interior de negro huele a negro; los dientes del negro son blancos; los pies del negro son grandes; el ancho pecho del negro-, me deslizo por las esquinas, me quedo callado, aspiro al anonimato, al olvido. Escuchen, lo acepto todo, ¡pero que nadie se percate de que existo!” (Fanon, 1952).


El peso de un hombre sobre el cuello de otro


El peso de un hombre sobre el cuello de otro

digamos noventa y cuatro kilos sobre vértebras y venas

mientras una voz se extingue frente a un celular,

la tarde obligó a un hombre a tumbarse

con el cuerpo vencido por otro.


Se distinguen porque el aplastado es negro

el que lo somete tiene por cabeza una de puerco

apenas había ido a ponérsela en la carnicería

para “Servir y Proteger a los Ciudadanos”,

o reventarlos y hacer saltar sus órganos brillantes.

Rosas ensangrentadas en el jardín de un país extraño

Cabeza de puerco o hiena indolente.


El sol pierde fuerza y ocho minutos pueden ser cientos de años,

los espectadores toman café y captan el mejor ángulo del que mendiga aire.


El peso de un hombre sobre el cuello de otro

y la mesa de su hogar sin manzanas ni pan de trigo,

un automovilista pasa lentamente para ver mejor la escena

cuatro hombres sobre la espalda, las piernas y el espíritu de otro

es tarde cuando George Floyd busca un poco de aire;

como cuando corre en la playa

para respirar el mar

busca con los ojos a su madre

ella espera sentada en la arena,

¡Mamá!


Ella saludará al aire,

risueña

invisible

lejana

imposible.


Iliana Hernández (29 de mayo 2020).


El 30 de mayo dos hombres blancos llegan a la Estación Espacial Internacional, impulsados por una empresa que seguirá enviando naves fuera de este planeta, portan trajes diseñados por un mexicano, José Fernández. En la tierra siguen las protestas, los edificios arden, hay saqueo, rechinar de dientes. El 31 de mayo policías de la estación de Miami-Dade County se inclinan y descansan una rodilla en el cemento como signo de desagravio por la terrible muerte de Floyd, la pena por un odio racista que nos contamina a todos. Los días extraños continúan, la pandemia sigue flotando sobre nuestras cabezas, apurando los tragos amargos, la ansiedad, la lucha contra el desasosiego. ¿Está naciendo una era?


*Fanon, F. (1952). Piel negra, máscaras blancas. Francia. Editions du Seuil

El 31 de mayo policías de la estación de Miami-Dade County se inclinan y descansan una rodilla en el cemento como signo de desagravio por la terrible muerte de Floyd.

Por Iliana Hernández M.

- Poeta, traductora, pintora. Integrante del Consejo Editorial del suplemento Cultural Identidad -


©2020. Derechos reservados por Todas las Voces.