• Francisco T. González Cabañas

No mueras ni un segundo antes de tu muerte.


La solución de un problema crea otro conflicto, puesto que ni los problemas ni las soluciones son universales, es por ello que adquirieron el grado de eternas gracias a la finitud del hombre que en el afán de hacerse con la inmortalidad va creando la génesis de los conflictos; es decir, los intentos de solución.


La comunidad ilimitada de comunicación, con velocidad inusitada, envolvía con pérfida maestría a un mundo, que segundo a segundo olvidaba los acontecimientos esenciales y en cambio señalaba la importancia radical de la información, de la comunicación sin fronteras y de la diversidad de bienes materiales. La multiplicidad, tanto de acciones como de pensamientos desterraba el espacio a la generalización y con ello a la abstracción y al pensamiento. Momento de situaciones mosaicos, en donde el tiempo retomaba validez en el desesperado y voraz consumo de información y en donde la crítica y la reflexión no tenían cabida alguna en las tierras de la televisión, internet, periódicos y revistas. Toda conclusión caía en el arbitrario concepto relativo de aceptar los diferentes puntos de vista, forjados por una escala en la cual la idea más exitosa imperaba por una cuestión de imagen y de belleza estética que de argumentos y sabiduría, el mundo construía sus necesidades y premiaba a las más afines con sus vacuos ideales, llevándolas al éxito del reconocimiento, de la fama y el glamour. Pero también castigaba a sus potenciales críticos, haciéndoles casi imposible el camino de la rebeldía para luego transformarlos en alienados patológicos, marginales metafísicos o parias desdichados.


El mundo de las significaciones y de la lógica racional del hombre, se pierden en el inmenso océano de la nada, cuando uno siente que todo está viciado por lo mezquino del interés, aromatizado por el hedor nauseabundo del materialismo, corroído por las ceras de la mediocridad, bañadas por las aguas de la envidia y el rencor, petrificadas por la gélida ventisca de la ambición desmedida, y santificadas por la máscara pedante, enferma y perversa de una hipocresía, macabra, pérfida y espeluznante.


La muerte podría ser una salida, esa parca ataviada de túnicas negras y con guadañas filosas, escogía a sus víctimas sin un plan previo, sin reparos los llevaba a la misteriosa ciénaga de la nada. Solo cumplía órdenes, pues los humanos en la vida desarrollaban una suerte de vicio y no tenían intenciones de abandonar la tierra arrendada. La muerte acatando las decisiones del gran terrateniente, desconocía las letras de los contratos, lo que facilitaba ampliamente su tarea, pues ella solo estaba obligada a desalojar a los morosos. De estos debía soportar, en algunos casos rimbombantes quejas, interminables súplicas, hasta ridículas amenazas y reiterados insultos, los menos con la cabeza gacha aceptaban pacíficamente la determinación. A la muerte su labor le era indiferente pues había muerto antes de haber nacido, es decir que había nacido para ser muerte. Por ello actuaba con frialdad ante sus víctimas, directamente no las comprendía. Nunca hubo de probar el sabor de alquilar un tiempo en la tierra, es por esto que pese a las variopintas reacciones siempre actuaba de la misma manera.


Pero la muerte tampoco nos brinda un escape, una respuesta, una solución, es tan solo una instancia un momento más del cuál no nos acordamos cuando allí accedemos, pero estamos condenados a temerle. Podríamos estar avergonzados del ser humano, apenados por tratar con quienes son supuestamente iguales, angustiados por saber que creemos en una libertad, la cual día a día se va transformando en más autoritaria, por intermedio de un producto paradójicamente nuestro, llamado civilización, técnica. Asombrado por escuchar que los medios de comunicación informan, que el internet nos acerca y que el sistema nos cobija.


No existe un destino, nadie siquiera a jugado a los dados con nosotros, somos tan cobardes de creernos esto para justificar nuestros errores, somos tan esclavos de creernos libres bajo un sistema que nos mutila, y al cual jamás tendremos la fuerza de derribar. Somos tan vergonzosamente previsibles, que seguramente una solución genera otro problema, que a su vez engendra el eterno retorno de las cosas, que damos en llamar vida.


“Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: Un año le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo alemán, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurriría entre la orden y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud”

Jorge Luis Borges, en el Milagro Secreto, citado, por simplemente narrar con tan majestuosa precisión como el tiempo, opera con basta y precisa crueldad, puesto que trasciende lo cronológico de lo natural, es decir lo físico, lo progresivo. Transformándose o siendo, según Kant, en la forma del sentido interno, de la intuición de nosotros mismos y de nuestro estado interior.

Tal como el vasco Tomás Meabe, fundador de las juventudes del socialismo español, conocedor de nuestro América y autor de la célebre definición: «quisiera escribir con amor y la pluma se me torna látigo» las intenciones desandan caminos que van más allá de los propios rumbos que podríamos haber pensado o deseado.


Morir antes que ocurra es profanar el misterio de la muerte y desacralizar el milagro de la vida.

Por Francisco Tomás González Cabañas

Escritor y Conferencista

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