• Alberto Ángel "El Cuervo"

Los fríos de Otoño



Hace tiempo ya que los fríos se han ido metiendo poco a poco entre los huesos… Yo no lo sé de cierto, pero pa’ mí que ‘ora sí ya se irá escapando el alma… Eso, decía mi tío Pioquinto… “A esa mujer se le ha ido escapando el alma… Ya no tarda en agarrar vereda…” Eso decía… Me gustaba escuchar al tío Pioquinto porque era como sumergirse en el atardecer… Como si de repente, se fueran abriendo puertas y puertas por donde uno entraba a un pasillo y a otro y otro y otro… Y cada vez que una puerta se abría con alguna de las palabras del tío Pioquinto, se aparrancaba uno en el butaque para ver tantísimas cosas que seguramente habrían atrás de la puerta… Y lo único que las palabras del tío me traían era un pasillo largo largo con fantasmas a cada lado que uno iba reconociendo poco a poco hasta llegar a otra puerta y otro pasillo con otros fantasmas que iban apareciendo entre los cuentos del tío Pioquinto… Bueno, digo cuentos porque no sé cómo nombrarlos… A veces, sólo a veces, parecía que todo lo que decía era verdad… A veces, sólo a veces, llegaba uno a pensar, a sentir que todo lo que el tío Pioquinto contaba eran cosas de su imaginación… Pero el caso es que me gustaba acomodarme en el butaque a escucharlo… Hablaba y hablaba con la misma cadencia con que se iba durmiendo el sol entre los árboles de Moté… Cuando el sol caía, los árboles se convertían en recuerdos brillantes de color rojo, naranja, amarillo y violeta… Violeta, un color violeta que poco a poquito se apagaba hasta el negro…

Violeta… Violeta se llamaba aquella mujer… No sé si en verdad era una mujer o una visión… No lo sé porque nomás yo la veía… No me acuerdo muy bien de ella aunque todos los días quiero acordarme… Siempre me quiero acordar de ella porque cuando la vi, sentí ganas de que en vez del butaque donde estaba aparrancado, fuera ella la que estuviera juntito… Cuando me acuerdo de Violeta, un calorcito me recorre… No sé qué pueda ser… Pero cuando algo así pasaba con nosotros, la tía Paquita nos mandaba a confesar correteándonos a varazos… La tía Paquita tenía una vara de palo de guayaba… Delgadita delgadita… No la tía Paquita… Aunque, bueno, la tía Paquita era muy delgadita… Era tan delgadita que ya no aguantaba los años que traía encima y le obligaban a mirar al suelo cuando caminaba… Pero no hablaba de lo delgadita de la tía sino la varita de guayaba y ¡ah, cómo quemaba cuando nos la sorrajaba en la espalda para quitarnos los malos pensamientos…! Eso decía… Decía que a varazos nos iba a sacar el demonio que se metía en nosotros y nos hacía sentir cosas que eran pecado… El caso es que eso me pasaba con Violeta… Aunque, la verdad, no sé si era una Violeta mujer o solamente era como un espíritu de ese color… Era entre color violeta y azul… Así como el cielo se ponía cuando el sol iba alcanzando los árboles de moté… Así era Violeta… Como un resplandor azul que se movía flotando y envolvía… Ya no recuerdo si se llamaba Violeta o solamente se veía de ese color… Bueno, entre violeta y azul… Ese era su color, pero su aroma no… Su aroma era clarititito a gardenia… En las tardes, ese era su aroma… Por las noches era como el jazmín… El “huele de noche”, que le llaman… El huele de noche es más dulzón que las gardenias… Así era el aroma de Violeta en el día, a gardenias… Y por las noches de jazmín o de Violeta… Violeta, La mujer, o el espíritu que se aparecía cuando el tío Pioquinto se ponía a hablar… Y por las noches, el aroma era como a jazmín… Una vez, estaba yo solito en el butaque… Ya el tío Pioquinto se había ido… Y yo miraba las estrellas… Y ella se apareció… No hablaba… Bueno, no hablaba con palabras que se oyeran… Era como si todo lo dijera calladamente, con su silencio que envolvía entre aromas de gardenias y de jazmín, o de violetas… Me sonreía… Cuando ella sonreía yo sentía que algo me recorría todo, todo… Era como tocar el corazón del cielo… Como asomarse a la boca de Dios… Así era cuando ella aparecía… Y esa noche, su sonrisa me contó que podía hacer cantar a las estrellas… Cuando me lo dijo, pero no con palabras sino con el silencio, como si me dijera lo que no podía decir de otra manera pero que yo sí podía escuchar clarito, cuando me lo dijo volteé a ver las estrellas y entonces sus dedos les daban jaloncitos y las estrellas cantaban lindo… Lindo… Nunca se lo dije a nadie, sólo una vez se lo conté a la tía Paquita y me agarró a varazos diciéndome que se me había metido el diablo y que por eso andaba visionando tarugadas… Y me mandó a confesar…

Hace frío… No es un frío normal… Es un frío de los que se van metiendo poco a poco entre los huesos… Es un frío como el que le daba al viejo… Así le daba, como si el frío se le metiera y no se lo quitara con nada… Le poníamos calor, le daban pastillas y jarabes y el frío le calaba cada vez más hondo entre los huesos… Y se le fue escapando el alma… Yo creo que el viejo lo sabía… Porque cuando los fríos le calaban más, en vez de quejarse se quedaba mirando a todos… Uno por uno iba mirando como queriendo guardarlos pa’ llevarse un cachito de cada quién… Y así, un día que era de noche acá… Bueno, allá donde el viejo estaba aunque era acá porque esa vez yo estaba con él, me dijo que tenía razón el tío Pioquinto, que cuando los fríos te van calando poco a poco es que el alma ya comenzó a escaparse y no tardas en agarrar vereda… Así fue con el viejo… Cuando le calaron los fríos bien hondísimo, fue cuando empezó a agarrar vereda y ya pa’ la hora en que los huele de noche dejaban de aromar, el viejo ya se había ido… No quedaba nada de él… Solamente quedaba su manera de repartir amor… Brusca, así era su forma de repartirlo, tosca, brusca, pero no era que no te quisiera, era solamente que así era su manera de querer… Cuando lo vi, quise tocar sus manos que siempre estaban tibias y coloraditas como yo las quería tener cuando fuera grande… Quise volver a tocarlas así, pero ya el calor y el color se le habían escapado también… Yo creo que se fueron siguiéndole el alma cuando agarró vereda… Fue cuando me di cuenta que él sabía que los fríos le estaban calando y poco a poquito se le iba escapando el alma… Por eso nos miraba a todos como queriendo guardarnos…

Hace frío… Cala… No es frío normal… Es de ese que va metiéndose entre los huesos… Va como anunciando… Como advirtiendo lo que viene… Me doy cuenta que es un frío distinto porque resuello como si quisiera en uno de esos suspiros meterla a ella dentro del alma y así juntitos se formara una sola… ALMA… Por eso me doy cuenta que no son fríos normales sino de esos que te están anunciando que no tarda uno en agarrar vereda… Por eso cuando la miro, aunque ella no se de cuenta, se me llena el corazón de desasosiego… Y me arrepiento de no haberla abrazado más, de no haber sido más bueno con ella… De no haberla puesto contenta cada momento… Me cala no haberlo hecho… Me cala pue’que más que estos fríos… Por eso me le quedo mirando como el viejo nos miraba… Me le quedo mirando como si en un suspiro me la quisiera llevar conmigo pa’ que no nos vayamos a perder entre todos los que van agarrando vereda… Guardarla… Guardarla dentro, muy dentro pa’ que nadie la mire, nomás yo… Nomás yo… Y ya lueguito cuando la vereda termine, no esta, sino la vereda de regreso, cuando nos encontremos otra vez en otros amaneceres, en otros cielos, en otros arroyos, sé que será ella la que está conmigo porque le pediré que acaricie las estrellitas para hacerlas cantar… Así voy a saber que es ella… Hace frío… Cala… Se mete entre los huesos… Es un frío necio… No hace caso de nada, no le importa, solamente se mete entre los huesos y te va jalando poco a poquito… Yo no lo sé de cierto… Pero pa’ mí que ‘ora sí ya está empezando a escaparse el alma… Díganle que me mire, que si me mira, entonces podré llevarme guardada su luz y su aroma de gardenia, de jazmín, de violeta… Y podré llevarme también esa musiquita de sus ojos… Díganle que me mire, que no deje de mirarme para poder llevarme un cachito de su alma entre la mía…

Dicen que cuando lo encontraron, una luz, como un halo lo rodeaba… Era una luz entre azul y violeta… Poco a poco la luz se fue diluyendo como la tarde… Entonces la Luna comenzó a iluminarlo y había una sonrisa que le brotaba suave, quedito, sin prisa… Entre las manos tenía un papel… Lo tomaron y leyeron… “La Luna… Tu Luna… Mi Luna… Nuestra Luna…”

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México-Tenochtitlan. Entre sentires y pensares que se acercan cada vez más.



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