• Iliana Hernández Partida

Las manos


Mis manos. Cuando salgo a la calle mis manos parecen las de otra persona, son ajenas, esponjas que podrían absorber mi condena. Mis manos se esconden tímidas en mi sudadera, últimamente son culpables de todo lo que pueda hacerme daño. Han tenido tiempos mejores estas manos resecas por el jabón y el gel purificante.


Fíjate que, viéndolo bien, no han tenido días más alegres: lavan platos (desde una escena que parece infinita en una película en blanco y negro), han pintado lienzos y paredes, remojadas tanto de barniz como de cloro, vinagre o solventes. Lo han probado todo mis manos; el aceite hirviente de un pescado brincador, la plancha y su vapor, los rasguños de mis gatas, las torpes mordidas de muchos cachorros. Mis manos que me han abierto puertas, cierres, bolsos, latas, botellas de vino, libros, cervezas, medicinas ahora son juzgadas por estar frente a mí y haber tocado.


Mis manos son las primeras en recibir la mañana, me ayudan a levantar el cuerpo, a escribir ideas para que las leas ahorita, limpian mi casa dándome paz mental. Inexplicablemente son culpables por estar atentas a cada momento a mis curiosidades y placeres, a lo más pequeño que es decir hola o adiós a lo lejos. Manos cuarteadas por no tocar, acariciar como debieran, rasposas al tacto en su ignorancia, encerradas. Manos con huellas por venir, ahí también está escrito cuánto durará el encierro y el último respiro que las llevará, finalmente, a ser relevadas de un trabajo por el que no reciben más pago que un corte de uñas y una mirada ingrata.


Siguen de noche su trabajo, haciendo una noble almohada para alejar el insomnio de estas horas lentas. Mañana temprano pondrán la cafetera y de nuevo las olvidaré (trataré de no relegarlas) porque son discretas en su tarea de abrirme el mundo y sus texturas.

Por Iliana Hernández Partida

- Poeta, traductora, pintora. Integrante del Consejo Editorial del suplemento Cultural Identidad -


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