• Hamlet Alcántara O.

Las joyas del filibustero francés


Era una mañana de esas en las que el calor se te pega con las ideas y te confunde, cuando Don Mauro lo miró, y de inmediato supo que sus pasos no estaban tan firmes en la tierra como ese hombre hubiera querido. Don Mauro, gustaba de leer el periódico todas las mañanas sentado en el malecón de Playas de Tijuana. Quizás nostalgia por el oficio perdido, o la brisa de la mañana que refresca el alma de los pescadores retirados como él.


Había salido de la tienda después de comprar el periódico y un jugo de naranja, y entonces buscó su lugar en el malecón. Después de todo era hombre de costumbres.


Buenos días, le dijo el hombre rubio todavía desorientado por el sol, que le traspasaba su piel transparente y sus ojos profundos. Necesito que usted me haga un gran favor.


Le costaba hilar el español, pero después de tantos años, cualquier lenguaje se le hubiera traspapelado en la memoria. Ausente y divergente. Azul profundo de quien cae en los caminos que conducen al infinito.


Don Mauro lo supo de inmediato. No era la primera vez que hablaba con ellos, y ya estaba curado de espantos. Volteó para todos lados, porque todavía no se acostumbraba a hablar sólo. La última vez una mujer lo estuvo observando varios minutos.


¿Se siente usted bien? La miró fijamente. Pasó por su mente sincerarse. Narrar las historias más absurdas, porque los muertos suelen divagar, confundir fechas y mirar a las nubes como si fuera un milagro estar parados en los caminos que antes conocían, pero que con el paso del tiempo han cambiado.


Aquí solía estar una coladera le dijo el último de ellos. Una grande que se tragó a un niño y su madre y los mandó directo a una de las paredes dimensionales más grande que he visto.


La señora espero su respuesta. ¿Pero qué podría decirle? Fíjese señora que si estoy bien, sólo que acaba usted de interrumpir una plática que estoy teniendo con un hombre que desapareció el siglo pasado y todavía me está preguntando por el Muro de Berlín.


Seguramente la señora preguntaría que es el Muro de Berlín, así que mejor no respondió nada y se limitó a decir que todo estaba bien.


Tiene que hablar con la niña, ella me ha visto, sabe que camino por aquí, pero mis pasos se oyen en otro lado. Retumban como cosas cayendo a un gran baúl. Su madre no le cree.


Cuando no estás vivo la garganta que ya no tienes te traiciona y es más difícil aventar las palabras, porque el viento mueve las vocales y todo pierde un sentido, en una realidad que no es la tuya. Es difícil perderse en el tiempo.


Pero don Mauro tenía afinada la paciencia. No era la primera vez que tenía este tipo de encuentros. Y en este caso la brisa matinal del mar lo tranquilizaba.


Ellos viven en mi casa. La niña es la única que puede verme, era la explicación que repetía una y otra vez el hombre rubio con la piel casi transparente, que aún conservaba el acento europeo que lo caracterizaba en vida.


En vida el hombre había sido un emigrante francés que llegó a Guaymas durante la época de los filibusteros, en la década de los veinte, y en ese puerto se había enamorado de una mujer con la que se casó y compartió una propiedad en la colonia Miramar en la zona conocida como Las Tinajas.


Pero no estamos en Sonora, pensó don Mauro, quien no pudo evitar recordar sus raíces y a parte de su familia que vivía precisamente en ese puerto.


El filibustero continúo hablando y sólo le dijo a don Mauro que sabía bien que él era de Guaymas y por eso había decidido buscarlo.


Comprenderá que en este estado de la materia y punto del universo, no podemos escoger con quien hablar y debemos hacerlo con quien puede escucharnos. Con el tiempo las imágenes se borran, se distorsionan.La garganta se funde entre las hierbas, las palabras se pierden en la arena. Sólo algunas sobreviven a los recuerdos difusos, y cuando se pronuncian suenan como ecos distantes, ausentes.


El filibustero miró a don Mauro y lo tocó en el hombro.


El pescador sintió un pequeño jalón y de inmediato fue como si lo hubieran transportado a otra dimensión, a una escala diferente en el tiempo. Sin duda era Guaymas, su Guaymas, pero no su tiempo.


El pasado le estalló en la frente. Podía oler el polvo y la llegada de los filibusteros, era una visión, algo diferente a las que solía tener, porque parecía ser un testigo invisible de ese punto en la historia donde el francés llegó al puerto y se apoderó de un pedazo de tierra donde construyó su casa en la zona conocida como las Tinajas.


En un instante, don Mauro presenció la película de la vida del filibustero, desde su llegada al puerto sonorense, hasta su romance con la mujer mexicana, con la que terminó casándose y viviendo en la vieja casona hasta que ella falleció y él quedó sólo.


Y en medio de esa soledad, el Filibustero falleció luego de un largo padecimiento.


Su casa quedó abandonada y a la suerte de los malandrines, que en repetidas ocasiones la hicieron su guarida.


Aquella misma tarde, don Mauro llegó apurado a la casa de su hija Alejandra, donde vivía desde que decidió pasar una temporada en Tijuana.


Tenemos que ir a Guaymas, le dijo con ese mismo apuró a su hija que lo miró de pies a cabeza. Era notorio que algo tenía muy intranquilo a su padre.


Por la cabeza de Alejandra pasaron mil cosas. Le preguntó a don Mauro si su madre y sus hermanas estaban bien. Él se limitó a contestar que “sí, todo bien”, pero le pidió que no hiciera más preguntas.


Alejandra se encargó de los detalles del viaje, reservar los boletos de avión y hacer las maletas con sólo una condición: acompañarlo en su misterioso encargo.


Al siguiente día estaban en el puerto sonorense que los vio nacer. Llegaron a casa de su madre, pero don Mauro tenía una misión que cumplir.


Sin hacer muchas preguntas Alejandra acompañó a su padre hasta la zona de las Tinajas. Ella tenía esa emoción indescriptible, desde niña había estado acostumbrada a las historias de su padre y ese día varias le vinieron a la mente y le enchinaron la piel.


Cuando llamaron a la puerta fue una niña de escasos 10 años quien les abrió y enseguida el rostro de la menor se llenó de una alegría indescriptible. Sabía que vendría, le dijo al pescador y lo abrazó con la fuerza de quien estrecha a un ser amado perdido.


¡Mamá aquí está el amigo del francés!


Alejandra no entendía nada y aunque don Mauro tampoco, creía saber que estaba sucediendo. No así la madre de la niña, quien primero la regaño y luego se quedó mirando a los extraños visitantes que llamaban a su puerta.


Buenas tardes señora, mi nombre es Mauro y le va a ser difícil lo que vengo a decirle, pero el antiguo dueño de esta casa me ha mandado para hablar con usted.


La mujer estuvo a punto de desmayarse al escuchar esa frase. Y es que desde que llegaron a esa casa la niña le había insistido en que veía a un hombre blanco, europeo que platicaba con ella y era el dueño de la propiedad.


Aunque la niña era la única que había visto al filibustero, toda la familia había escuchado las pisadas de unas botas con espuelas en retumbar en la duela de los pisos de la vieja mansión abandonada.


Lo que vino a continuación fue aún más extraño, porque la historia de don Mauro no sólo vino a confirmar las visiones de la niña, sino que también el agradecimiento que el europeo tenía a esa familia.


El antiguo dueño de esta propiedad quiere agradecerles. Gracias a su presencia su casa ya no es guarida de delincuentes. Y por eso quiere que ustedes conserven la casa, pero también las joyas de su difunta esposa que están escondidas aquí.


Los ojos de la mujer mostraban su incredulidad. No podía aceptar que un desconocido acompañado de una mujer le estuvieran contando una historia de fantasmas en el hogar que años atrás había hecho suyo invadiendolo junto con su familia.


Aún así, permitió al pescador y a su hija entrar a su casa hasta la habitación de la niña, para testificar con asombro que en el closet había una puerta falsa muy bien escondida, de donde don Mauro sacó un pequeño alhajero repleto de joyas que resultaron muy costosas.


La historia concluyó de esa manera y con un simple gracias y un par de abrazos efusivos. El filibustero pudo subir finalmente a la barca de Caronte, y cruzar el mar de los muertos. Su presencia nunca más fue percibida en el mundo de los vivos.

Por Hamlet Alcántara O. | FACEBOOK

Escritor y Periodista


©2020. Derechos reservados por Todas las Voces.