La sed de Mario Arturo


Si Mario Arturo Ramos se decidiera por fin a escribir todo lo que ha visto en torno suyo, en lo concerniente a la música popular, tendríamos un libro, aún no escrito, con las realidades y falsías del arte sonoro. ¿A quién no conoce este versador, ahora empeñoso difusor de la prensa cultural en esta voz norteña? Yo lo recuerdo al lado de Guadalupe Trigo, a fines de los setenta, ambos prácticamente solitarios enfrentadotes con el arbitrario poder de Carlos Gómez Barrera, el entonces líder de los compositores de México, a quien sucediera Roberto Cantoral, también de negro proceder al frente de la sociedad autorales de la música mexicana. Si algunas dificultades tiene el buen Mario Arturo con su salud es precisamente por una golpiza que recibió al mando–incomprobable, como suele suceder en estos viles ataques por la espalda– de órdenes superiores gremiales. Pero nadie pudo callarlo, para nuestra fortuna.


Porque no todo en la música es fluidez y generosidad. Sobra la mezquindad. Todavía recuerdo cómo compositores afamados, con tal de estar cerca del principado, insultaban, soeces y literalmente fundamentalistas, tanto a Guadalupe Trigo como a Mario Arturo Ramos. Los callaban a punta de lenguas venenosas, esas lenguas que luego se escuchaban con tonadas almibaradas en la televisión en programas para toda la familia. Trigo fue muerto en 1982 antes de llegar a su casa de Cuernavaca, y Mario Arturo continúa entre nosotros: su libro Los Rincones De La Sed (Ediciones del Ermitaño / Fundación Grupo Anjor, 2012) es una compilación vivencial, una observación de sus quebrantos: “La distancia se mide por los días, / peregrinos vientos del norte / que transportan torcazas y palomitas, / es la cueva de los perseguidos, / ruta de Quijotes fuera de temporada”.


La mujer en el centro de su escritura. La madre, pero también la tía: “”Se fundieron los focos / dos tardes después / de que te incineraron, / Las arañas del piano / salieron a despedirte. / Te llevé una rosa roja / y una del color de tu mortaja. / Guardé para siempre / las fotos de tus deseos. / Maté las cucarachas. / Dejé correr el tiempo”. Sí: uno con el tiempo se va quedando más solo: “Los 10 de mayo / no estarás más en tu silla, / no recibirás mangos y papayas, / tu fondo rosa colgará en el ropero. / En silencio leeré poesía a tu muerte”.


Si todos los compositores, como Mario Arturo Ramos, como Guadalupe Trigo, leyeran poesía, nuestra música sería otra, pero sobre todo la actitud ética frente a la música sería, efectivamente, muy otra. Y yo sigo esperando a que la pluma de este queretano ilustre se decida, por fin, a escribir la verdadera historia de la música popular mexicana. ¿De qué no nos enteraríamos, de cuán falsarios son los ídolos de cartón, de cuánta cortedad es éste y aquél, de dónde provienen los versos de este corrido y las metáforas de aquella sonata?


Yo le he oído medio centenar de anécdotas, y me preguntó por qué diablos todavía no las ha escrito…




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