La fiesta de las máscaras

“…Caen las máscaras, permanece la luz

nacida de las miradas enmascaradas”.

Terra Nostra (1975) Carlos Fuentes

Las civilizaciones más antiguas del mundo han tenido el uso de la máscara como algo sagrado y en relación directa con los dioses. La máscara vuelve al que la porta un humano separado de los demás, con dones y a veces poderes sobre la vida y la muerte. Los egipcios retratan a estos seres con cabeza de perro, halcón, cocodrilos, grullas. La máscara es el puente entre lo cotidiano y lo inefable.


Para los guerreros samuráis del Japón medieval, la máscara durante la batalla se utilizaba para infundir terror entre el enemigo. Lo mismo fue para los habitantes de lo que es la región de Escocia, cuando los romanos no pudieron conquistarlos. Debido a las pinturas en el rostro con diversos tonos de azul, los llamaron los “hombres azules” y el imperio decidió atravesar una muralla para evitar sus ataques. El muro de Adriano se volvió a la postre un símbolo de la fortaleza de los isleños.


Hay un pasaje en el Antiguo testamento, en el que incluso Moisés usó una máscara, la cual lo separaba del resto de los fieles. (Éxodo 34, 33-35). El velo ocultaba el rostro de Moisés ante los demás debido a un resplandor divino dice la Escritura y sólo ante Dios, el profeta se lo quitaba.


El caso del hiyab de la cultura musulmana nos arroja a millones de mujeres en el mundo que usan velo de manera normal, como parte de su vida diaria. Incluso en algunas de las grandes capitales de Europa se ha vuelto un principio de identidad en la última década, cuando instituciones educativas o de gobierno quieren obligarlas a dejar de usarlo.


Para algunos de los pueblos indígenas de México, la máscara es de carácter plenamente religioso, como las máscaras de los fariseos en los yaquis y judíos en los mayos. Durante la Semana Santa que para estas culturas se extiende los 40 días de la Cuaresma, algunos jóvenes se ponen máscaras hechas de cuero de cerdo salvaje para perder su identidad, cumplir una manda y llegar a la purificación el Sábado de Gloria. Los fariseos/judíos dejan de hablar y se comunican con señas, sonidos guturales, danzas y movimiento corporales. La máscara opaca su humanidad durante esos días y cuando arde el fuego nuevo el Sábado Mayor, las máscaras son quemadas para devolver al joven su ser de humano.


El cine estadounidense del siglo XX dejó en la memoria colectiva las figuras de El Zorro y Long Ranger (El Llanero solitario) como el arquetipo del héroe enmascarado, que enfrenta todos los peligros y siempre salva a la chica y al pueblo. Después vendrían otros héroes, bajo la influencia del Cómic, que en el cine atraparon a varias generaciones: Spider man, Batman, Iron Man, Wolverine, Daredevil.

En el caso de México, el héroe supremo, El Santo con su máscara plateada, de las revistas pasó al cine para volverse un ícono de nuestra cultura. En general el uso de la máscara en la lucha libre siempre ha sido motivo de sensación. El luchador se rodea de misterio porque nadie conoce su identidad. En el caso del Santo, la vida se mezcla con la ficción porque como luchador nunca perdió la máscara, y cómo héroe de las películas se enfrentó a puñetazo limpio, topes y patadas voladoras a monstruos, momias, hombres lobo, mujeres vampiro, zombis, extraterrestres y salió vencedor para recibir el coro que aún resuena en las paredes del tiempo: ¡Santo… Santo… Santo!


Y si bien no es un héroe, es imposible dejar de mencionar a Darth Vader (Star wars, 1977, G. Lucas). Al temible guerrero escondido bajo un negro casco con una máscara que lo ayudaba a respirar. En la actualidad, el influjo de éste villano es innegable, todos quieren traer la máscara de Vader y usar un sable de luz. Esa máscara no es la única que nos puede recordar algo temible. En su momento, las usadas por los médicos y los recolectores de enfermos a causa de la peste negra, con sus largos picos cargados con ciertas hierbas (que según ellos, los protegían de respirar cerca del enfermo o el cadáver) provocaban un terror entre la población.


El uso de máscaras no es algo nuevo ni extraño en este mundo. Ahora, cuando el mundo es atacado por una pandemia que lleva más de medio millón de muertos, usar una mascarilla sanitaria, un cubrebocas, puede marcar la diferencia. El uso del cubrebocas puede salvarte la vida y la de tu familia. Es cierto, no vas a salir en una película, ni Stan Lee saldrá de su tumba para volverte un protagonista de un cómic. Tampoco podrás retar al Santo en una lucha a 2 de 3 caídas sin límite de tiempo. Al usar el cubrebocas evitas contaminar o contaminarte de los gérmenes de otros. Puedes estar seguro de tu salud, ¿podrás decir lo mismo de tod@s a tu alrededor, hablando de esta enfermedad? Tus derechos terminan donde empiezan los míos. Es cuestión de responsabilidad.


El cubre bocas, tiene el mismo efecto que las máscaras, te separa del resto de los mortales que son irresponsables, te vuelve único o única, porque libremente, en uso pleno de tus facultades mentales, decides salir a la calle y proteger(te). ¿Por qué resistirse a una simple indicación de usar una máscara, cuando de niñ@ soñabas con usar la de Darth Vader o la de Gatubela? ¿Por qué subir al metro o al autobús sin cubrebocas y en el carnaval eres el primero en ponerte máscaras de colores para hacer de todo?


¿Quién no ha guardado la máscara de su luchador favorito: del Santo, el Blue Demon, el Rayo de Jalisco o la Parca en una mochila, esperando un momento para ponérsela? Ahora, con el Covid-19, más feroz que los hombres lobo o las momias de Guanajuato, ya te la puedes poner y luego el cubre bocas. A darle de trancazos, porque vida sólo hay una. Agua y jabón, gel a base de alcohol y cubre bocas, ya tienes tu kit de superhéroe. Vamos, que la fiesta de las máscaras nos espera.

Por Juan Diego González

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