• Miguel Ángel Avilés

La autocensura, eso que no sabía cómo se llama.


La primera vez que renuncié a decir lo que pensaba no sabía que así se llamaba eso. El problema es que no sé cuándo fue esa primera vez.


Quizá fue cuando preferí callar antes de volverme un delator y decir quien de mis hermanos era el responsable de tal o cual malcriadez ya que las reprimendas chancleteras no se estrellarían nada más en la espalda de ellos, sino en la mis también.


Quizá fue cuando guardé silencio y no le dije nada a ella, Adriana, cuando nos encontramos, camino a la iglesia, en donde nos preparábamos para hacer la primera comunión, pero, por temor a un rechazo, no le confesé lo que sentía mi corazón y ella pasó a mi lado con gran indiferencia.


O quizá fue ese día que me quedé con las ganas de arrebatar a golpes a ese compañero de escuela que me traía de bajada, pero la pensé bien después de futurear los posibles resultados de mi osadía, recordé como había quedado su anterior rival y, de inmediato, me arrendé por donde vine. Ya de grande, tampoco recuerdo exactamente cuándo, supe que se eso era la autocensura.


Para no verme muy improvisado, me autocensuraré en eso de ponerme a definir conceptos y daré voz al diccionario para decir que la censura, según la Real Academia Española, es la “intervención que practica el censor en el contenido o en la forma de una obra, atendiendo a razones ideológicas, morales o políticas”.


Entonces la autocensura es callarse lo que querías expresar y guardar silencio. Es renunciar a la libertad personal por temor a las consecuencias. Lo que sigue es averiguar por qué nos autocensuramos o cuales pueden ser esas consecuencias si no lo hacemos.


En el terreno privado estas pueden traer consigo el distanciamiento de una amistad, el despido de algún trabajo, el involucramiento en los hechos que preferiste no revelar, el dolor que le puedas causar a un amigo o lo conveniente que es enmudecer- en ocasiones mezquinamente – ya que eso significa beneficios personales para quien haga como que la virgen le habla.


En el terreno público es donde la puerca tuerce el rabo: el decir lo que se piensa o el publicar la verdad de un hecho, sea a título personal, como parte de un colectivo o como autor de un texto periodístico el riesgo es mayor y no se diga lamentable. De cualquier modo, también nos lleva a preguntarnos porque tomamos la decisión de autocensurarnos.


Como en lo privado, no siempre es por el temor a una consecuencia lamentable. Sabemos que la prensa, como casa editorial o como fuente de opinión, durante muchos años ha dicho solo lo que ha querido y otro tanto de la información se la ha reservado porque el amordazarse con sus propias manos, le aporta atractivos dividendos.


Pero si existe el otro extremo: el que opta por no ejercer su derecho humano a la libre expresión porque está de por medio su integridad, su patrimonio, su vida.


No, no se autocensura por cobardía sino porque se tiene frente a sí a un Estado que no le garantiza su protección al hacer uso de ese derecho.


Es cierto: somos libres de decir lo que queramos (lo cual tampoco esto es ilimitado ya que, como toda regla, este derecho se tiene sus excepciones). Sin embargo, luego expresarnos es cuando llegan las famosas consecuencias.


Y se pueden decir tolerantes de la crítica, de la verdad descubierta, de la discrepancia o de esa otra mirada que se tenga sobre cierto personaje o algún acontecimiento o determinado acto de gobierno. Pero suele ser de dientes para afuera ya que mientras discursan sobre la tolerancia, señalan o ponen al emisor como lo indeseable, como el aguafiestas del devenir histórico, como la piedra en el zapato de la prosperidad que impide, según el censor, que todos seamos felices.


Antes como antes y ahora como ahora, la velada censura no siempre la llevaba a cabo el destinatario directo de la nota o del cuestionamiento. No, él o ella, en apariencia, es respetuoso de toda divergencia e incluso aluden a esa frase que dicen que dijo Voltaire pero que según otros no la dijo sino que es de la autoría de su casi biógrafa la escritora británica Evelyn Beatrice Hall: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.


Pero más tarda uno en ponerse chinito de la emoción frente a tanta indulgencia que en escuchar la descalificación y el escarnio de quien, momentos antes, citaba a tal o cual demócrata.

Por eso es que se opta mejor por dejar hacer y dejar pasar, así sea la vida pública lo que está en juego. Porque nada ni nadie te garantiza el respeto hacia tu persona y si, por el contrario, eres objeto de ofensas y calumnias.


Ese papel de salir en defensa del “agraviado” por un cuestionamiento a sus quehaceres para los que fue designado, en antaño, lo realizaban otros periodistas que se volvían el brazo ejecutor arremetiendo contra el osado en tanto que aquel, a la mañana siguiente se lavaría las manos, diciendo, muy indignado, que eso que pasó, se castigará con todo el peso de la ley.


Esa perversidad no se ha ido, pero tendríamos que considerar el valor agregado de las redes sociales donde a nombre de los que usted quiera y en un descuerdo o un disentir, cualquiera viene hacia ti y sin anteponer el más elemental argumento para controvertir lo dicho, se abalanza contra uno y quedas sepultado en ofendas o diatribas.


Contra esta orangutizante manera de sumarte al debate no hay antídoto. Corrijo, si hay y es ese ejercicio al que recurrí la primera vez que renuncié a decir lo que pensaba: la autocensura.


Los motivos para ello, ya cada quien y su conciencia, sabrá escogerlos.

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Autor y Abogado





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