• Alberto Ángel "El Cuervo"

Juan Rulfo, mi maestro que se agiganta cada día...



Todos intentábamos conducirnos con la mayor propiedad poniendo cara de intelectuales… Al entrar el Maestro al salón, su figura me pareció como rodeada de un halo brillante… No podía creer que iba a tomar clase con uno de los más grandes escritores de nuestro México y considerado uno de los mejores del Mundo.


“Felipa dice que los grillos hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las ánimas que están penando en el purgatorio…”

(Macario. Cuento de Juan Rulfo.)


Todos en silencio, mirábamos al Maestro Rulfo expectantes de su discurso introductorio… Los minutos se hacían eternos… Por fin, después de tomarse todo con la mayor calma, nos dijo:


---Quiero hacerles una pregunta que es de suma importancia… ¿Quiénes de los que están aquí, vienen porque quieren ser escritores…?


El silencio se hizo más profundo que los enigmas de Comala… Unos volvían la vista al suelo y otros al cielo buscando la respuesta adecuada… Yo, simplemente guardé silencio como el visitante de Luvina cuando escuchaba la perorata lugareña al amparo de una cerveza tibia…


”Pero tómese su cerveza. Veo que no le ha dado ni siquiera una probadita. Tómesela. O tal vez no le guste así tibia como está. Y es que aquí no hay de otra. Yo sé que así sabe mal; que agarra un sabor como a meados de burro. Aquí uno se acostumbra. A fe que allá ni siquiera esto se consigue…”


Por fin, se fueron animando algunos compañeros a levantar las manos hasta que casi todo el grupo quedó con la mano levantada. Yo, intentando no quedar ni bien ni mal, permanecí a la expectativa sin hacer mayor movimiento que una leve tosesita acomodaticia… Una vez que el Maestro Rulfo miró los que levantaron la mano, con su característica manera de articular entre dientes, volvió a hablar…


---Pues todos aquellos que levantaron la mano, no tienen nada que hacer aquí… No me interesa trabajar con quien tiene el afán de convertirse en “escritor” sino con quien quiera aprender a escribir… Son dos cosas completamente distintas…


Supe entonces, que había llegado a la persona adecuada, al Maestro adecuado para abrevar de la genialidad de su narrativa verdaderamente incomparable, insuperable, intentada imitar por muchos y nunca igualada… Acto seguido, comenzó a hablar tan mágicamente de la escritura y de manera concreta de la narrativa, convertido en un personaje extraído de “Pedro Páramo”… “Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace.” El tiempo de clase transcurrió con la mayor prisa que la vida de aquellos años permitía… Aquellos años en que la ausencia de la internet nos permitía leer, disfrutar un atardecer o “chingarnos” un mezcal al lado de un café y al lado de las discusiones en que afloraba la sed de los sueños por un mundo justo… Con el tiempo, la relación Maestro alumno, fue convirtiéndose en una amistad que siempre me honró, siempre me honra y siempre me honrará… De todo esto me acuerdo ahora que mi admirado Maestro Rulfo, acaba de cumplir el día 16 de este mes, ciento tres años de haber llegado… Las clases, siempre interminables, se volvieron informales y el aula fue tomando la forma de un cafétín… Aquel café que poco a poco comenzó a tener aroma de añoranza… El Agora… Así se llamaba… Tal vez el primer foro cultural que hubo en la Ciudad de México, entonces Distrito Federal… Libros, discos, arte, café… Más o menos era la oferta de aquel encantador lugar en Insurgentes Sur… En ese foro, estuvimos todos los de entonces… Generalmente, llegaba a la parte de los libros donde siempre me encontraba con mi admirado Maestro… Alguna vez, me tocó esperar a que atendiera a algunos admiradores comúnmente eran extranjeros… Unos japoneses le preguntaban incansables en su paupérrimo castellano, todo lo que podían acerca de Pedro Páramo… El Maestro, cohibido dado que no era afecto a compartir con la gente y menos con admiradores, respondía con toda la gentileza que su carácter ermitaño le permitía. En El Ágora, me tocó vivir muchas anécdotas mientras iba a aquellas clases sui generis de narrativa con ese gigante de la Literatura que Jalisco dio para el mundo… “¡Pero qué irreverente eres, pinchi Cuervo…” “Y ahora qué hice, mi querido Rinconete… Me regañas más que mi mamá jajajajaja” “Pos cómo que qué hiciste, cabrón… ¡Mira que decirme: Rincón, te presento a mi compa Rulfo…! No chingueeees… Es una verdadera irreverencia!” Raúl Jesús Rincón Meza… Uno de los más grandes poetas y ensayistas que ha dado Tijuana y nuestro país, me reclamaba así cuando le presenté al Maestro Juan Rulfo como un amigo muy querido y respetado que además era mi Maestro… Había dos cosas que Raúl Rincón siempre me decía relacionadas con el Maestro Rulfo… Una de ellas era ese reclamo a mi irreverencia que jamás dejó de hacerme cada vez que hablábamos o nos encontrábamos… La otra… “¡Pinchi Cuervo, cómo le haces… Qué secreto te dio Rulfo para la narrativa… Yo me siento frente a la máquina a escribir un cuento y en una hora apenas escribo un par de frases y pa’acabarla las rompo porque valen madre y tú hasta platicando aquí conmigo ya te chingaste dos cuentos, cómo le haces!!!!” cómo me hacía reír mi querido amigo… Y es que una de las cosas en que Rulfo me insistía era: siéntese frente a la máquina y escriba, escriba mínimo dos horas… Escriba lo que le salga… Llegará el momento en que ya no necesite corregirle nada.


“-¿Ya murió? ¿Y de qué? -No supe de qué. Tal vez de tristeza. Suspiraba mucho. -Eso es malo. Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace.” (Pedro Páramo)


Maestro, le pregunté… ¿Por qué no le gusta la gente…? Y de inmediato, sin meditar su respuesta “La gente estorba… O será tal vez porque siempre viví encerrado y tuve la oportunidad de viajar en las lecturas…” por él me enteré, vaya usted a saber si lo que me contó era de esta realidad o la realidad alterna que el Maestro Rulfo vivía al leer, al escribir, al charlar, o simplemente al existir, pero por él me enteré de que en su juventud, la guerra cristera fue responsable de los viajes en solitario en aquella casona en la que iba del patio a los libros y de los libros al patio… Me enteré de que al leer, no había barrera alguna que impidiera sus caminatas por esos caminos donde le interceptaban los fantasmas que se volvieron compañeros consuetudinarios de sus andanzas, vivencias y relatos posteriores… Un día, llegué a buscarlo con gran sonrisa en el alma debido a que por fin había salido publicado mi primer libro… Era un libro de versos y cuento rural… Lógicamente, “Amigos y Remembranzas” que era el título, guardaba toda la influencia de mi siempre admirado Maestro… Aquel Maestro sui generis de quien aprendí tanto… Aprendí que la vida en solitario es parte de el oficio de escritor para que la creatividad adquiera rienda suelta… Aprendí que el aula es permanente y diversa… La existencia misma es un aula en la que se aprende todo… Aprendí que aquella vez que en El Agora le cambió los pañales a mi hija porque yo no sabía “hacerlo con la ternura que un bebé lo requiere y mire cómo nos regala su sonrisa de florecita campesina…” esa vez me demostró que su alma era tan tierna como su carácter pero que era un regalo que se reservaba para casos especiales… Aprendí que mi canto no era campirano sino campesino porque no debía refugiarme en esnobismos cuando hablaba de mi origen… Aprendí que tan mágico podía ser el “Camino a Calicó”, cuento de mi primer libro, como el simple compartir un café y una charla al lado de un buen amigo… De Rulfo aprendí siempre… Aprendí que si él decía “Ya está a punto de salir mi nueva novela” y a los quince días “se las quité a los de Siglo XXI y se la di a Seix Barral” y días más adelante me decía que había vuelto a detener la impresión por la razón que fuere, esa nueva novela existía y existirá siempre alimentando sueños de los que nos hemos atrevido a abordar el bendito oficio… Los sueños de quienes no buscamos nunca “ser escritores” sino aprender a escribir.


“Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo…” (Pedro Páramo)

Por Alberto Ángel “El Cuervo”.

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En un viaje en la remembranza junto a Pedro Páramo.

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