• Hamlet Alcántara O.

Ella y la Santa Muerte


Como todas las tardes Misael salió con la misma idea en la cabeza. Esa que lo llevó primero a Nuevo Laredo y ahora lo tenía encerrado en Tijuana: cruzar la frontera para ganar dólares.

Pero esta vez de manera legal. Chava, su primo le había metido la idea que si se instalaba en Tijuana un par de años sería más fácil que le otorgaran la visa.

- Nomás cuando estés en el Consulado no vayas a cometer la estupidez de decir que te quieres cruzar pa´l otro lado porque quieres trabajar. Tú diles que te gustaría ir de vacaciones.

Y con esa idea se despertaba y se dormía todos los días durante este último año.

Al principio batalló un poco para conseguir trabajo. Finalmente se acomodó como técnico en computación en una maquiladora.


Esa tarde Mariana insistió en acompañarlo hasta el centro. Todo el camino Misael sólo estuvo pensando como desafanarse de ella. Quería ir a tomar unas cervezas a la Zona Norte.

“Después de todo mañana descanso y no tengo que levantarme temprano par ir a la chamba”, pensaba mientras miraba las piernas torneadas de Mariana que estaba sentada en la calafia junto a él, y se habían convertido en un deleite por la minifalda que traía puesta.

- ¿Todavía sigues con la onda de irte al otro lado?

“Y dale con esta vieja. Si supiera que me gusta un chingo. Si caigo en su juego al rato voy a andar bien clavado con ella y adiós a los dólares. Además se aprieta mucho y nos las quiere soltar. Nomás calienta el boiler y no se mete a bañar la canija”

- Sí. Lo voy a lograr.

- ¿De verdad crees que te van a dar la visa nomás porque tienes un trabajito por acá? Que mal estas. Ni que fuera tan pelada.

¿Y qué ahora no me vas a invitar un cafecito?

- De veras no puedo Mariana ¿Qué te parece si lo dejamos para otro día? –y sin darle tiempo a contestar Misael se bajó de la calafia.

En cuestión de minutos estaba en un bar de la Zona Norte aprovechando la promoción de dos cervezas por el precio de una.

- ¿Qué onda Misa? ¿Qué milagro? ya tenía rato que no nos visitabas –le estrechó la mano el Sami, un mesero con el que había hecho amistad, porque desde que había conseguido trabajo había preferido ver bailarinas y aventarse uno que otro privado que enamorarse de una de sus compañeras de trabajo.

- Ya ves mi Sami ¿y que hay de nuevo por aquí?

- Por ahí anda una güerota bien buena, al rato te la presentó si quieres.

- Sale.


Apenas y se podía entablar una conversación en medio de aquel escándalo, en medio del aroma a perfume barato y las luces tenues alumbrando las mesas y el neón la pista donde las desnudistas hacían su show.

En ese instante a Misael lo atravesó la mirada profunda de una morena de cabello lacio con ojos de hechicera que tomaba una soda en una de las mesas contiguas junto con otras dos mujeres que seguramente estaban esperando su turno en la pista.

De pronto las miradas se cruzaron y ella sonrió cautivando con sus labios gruesos a Misael que no dejaba de mirar su vestido negro largo y entallado que dejaba ver un par de muslos bien torneados.

Sin pensarlo dos veces Misael se levantó de su mesa y se paro frente a la morena que estaba sentada con las piernas cruzadas y a la altura de su pecho sobresalía un dije de la Santa Muerte.

Después de un cortés saludo supo que se llamaba Sofía y estaba dispuesta a tomarse un trago con él.

- Me llamo Misael. Bonita esa Santa Muerte ¿es de oro?- preguntó al tiempo que agarraba el dije, y aprovechaba para rozar con su dedo la parte superior de sus pechos que sobresalían por el escote de su vestido.

- Si es mi protectora –ya desde entonces Misael estaba cautivado. Algo en esa mujer lo atraía como un imán.

- Me han dicho que es muy milagrosa.

- Si pero es muy celosa. Así como te ayuda si no le cumples te puede ir muy mal.

- Si también me han dicho ¿No te da miedo?

- No. Desde que estaba chica tengo contacto con ella. Es mi amiga más fiel, además de mi protectora.

- ¿De dónde eres?

- De Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

- Allá hay muchas creencias de ese tipo. Debes saber mucho de brujería –Sofía no contestó sólo sonrió, y le dio un sorbo a la bebida que había llevado Sami a la mesa.

- Si se te nota de volada. Tienes unos ojos de hechicera que debes encantar a los hombres que tú quieras.

- No me puedo quejar. Ella me ayuda mucho y me va muy bien. Por eso todas las noches a las doce en punto la invito a cenar, y me paso horas platicando con ella.

- ¿Con quién?

- Con la Santa Muerta ¿Con quién más?

Al escuchar eso Misael sintió una especie de excitación mezclada con temor que sólo lo cautivó más.

- ¿Y de que platican?

- Cosas de amigas –Sofía la acarició el rostro –tu también tienes bonitos ojos.

Cegado por el instinto busco sus labios. Se embriagó con sus besos y caricias.

El tiempo se detuvo. Sin planearlo los cuerpos desnudos se encontraron entre las sábanas de un hotel.

Se acariciaron. Se disfrutaron hasta que el sueño alcanzó a Misael que estaba extasiado por el salado sudor de Sofía, y su piel morena que lo envolvió por un par de horas perdidas en el tiempo.

Él despertó con la luz del sol. Sin Sofía. La busco por toda la habitación, y lo único que encontró fue un mensaje escrito con lápiz labial en un pedazo de papel.

“La pase muy bien contigo. Gracias. No quise despertarte así que me cobre de tu cartera. Bye”.

Fue lo último que supo de ella. Lo dejó sin un centavo y nunca más volvió a aparecer por el bar.

- Nunca antes había visto a esa vieja por aquí parejita. Eso pasa seguido. Vienen a fichar, y el patrón les da chance. No tenemos control. Mejor despídete de tu feria. Total lo bailado ni quien te lo quite –le dijo el Sami.

Misael pudo olvidar aquella noche mágica.

Dicen que hasta la fecha sigue visitando el bar, con la esperanza de volver a ver a esa hechicera amiga de la Santa Muerte

Por Hamlet Alcántara O. | FACEBOOK

Escritor y Periodista


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