El primer bluesista


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No es nada nuevo esto de que los negros traen la música por dentro. Ya a principios del siglo XVII Miguel de Cervantes Saavedra, en su novela ejemplar El celoso extremeño, cuenta la tormentosa historia de Filipo de Carrizales, un hidalgo que en diversas partes de España, Italia y Flandes anduvo gastando así los años como la hacienda y, “al fin de muchas peregrinaciones —muertos ya sus padres y derrochado su patrimonio—, vino a parar a la gran ciudad de Sevilla, donde halló ocasión muy bastante para acabar de consumir lo poco que le quedaba”.


Viéndose, pues, “tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio a que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen, que es el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores a quienes llaman ciertos los peritos en el arte, añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos”.


Cuando Carrizales partió rumbo a los nuevos horizontes de la recién descubierta América contaba con 48 años, “y en veinte que en ellas estuvo, ayudado de su industria y diligencia, alcalizó a tener más de ciento y cincuenta mil pesos ensayados”.

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Entonces le vino la nostalgia de la tierra originaria. Rico y próspero, con casi 70 años encima, “tocado del natural deseo que todos tienen de volver a su patria, pospuestos grandes intereses que se le ofrecían dejando el Perú, donde había granjeado tanta hacienda, trayéndola toda en barras de oro y plata, y registrada por quitar inconvenientes, se volvió a España”. Desembarcó en Sanlúcar, llegó a Sevilla (“tan lleno de años como de riquezas”) y se encontró con que todos sus amigos habían muerto. De igual modo era inútil retornar a su tierra natal, Extremadura, ya que no le quedaba vivo ningún pariente; “y si cuando iba a Indias, pobre y menesteroso, le iban combatiendo muchos pensamientos, sin dejarle sosegar un punto en mitad de las ondas del mar, no menos ahora en el sosiego de la tierra le combatían, aunque por diferente causa: que si entonces no dormía por pobre, ahora no podía sosegar de rico: que tan pesada carga es la riqueza al que no está usado a tenerla ni sabe usar de ella, como es la pobreza al que continuo la tiene”.


Sin embargo, dice Miguel de Cervantes (1547-1616) que este hombre tenía un grave defecto “porque de su natural condición era el más celoso hombre del mundo, aun sin estar casado, pues con sólo la imaginación de serlo le comenzaban a ofender los celos, a fatigar las sospechas y a sobresaltar las imaginaciones”, y esto con tanta eficacia y vehemencia que, a pesar de querer dejarle a alguien sus bienes, resolvía a no casarse jamás.


Pero una desgraciada tarde “quiso su suerte que pasando un día por una calle alzase los ojos y viese a una ventana puesta una doncella, al parecer de edad de trece a catorce años, de tan agradable rostro y tan hermosa que, sin ser poderoso para defenderse, el buen viejo Carrizales rindió la flaqueza de sus muchos años a los pocos de Leonora", que así era el nombre de tan cautivadora joven, y por fin decidió derrumbar la fatigada idea de la soltería.

3

Fue a presentarse a los padres de Leonora para que le diesen por mujer a su hija, “habiéndola dotado en veinte mil ducados, tal estaba de abrasado el pecho del celoso viejo el cual, apenas dio el sí de esposo, cuando de golpe le embistió un tropel de rabiosos celos, y comenzó sin causa alguna a temblar y a tener mayores cuidados que jamás había tenido”.


Y la primera muestra que dio de su condición celosa “fue no querer que sastre alguno tomase la medida a su esposa de los muchos vestidos que pensaba hacerle y, así, anduvo mirando cuál otra mujer tendría, poco más o menos, el talle y el cuerpo de Leonora, y halló una pobre, a cuya medida hizo hacer una ropa, y probándosela a su esposa halló que le venía bien, y por aquella medida hizo los demás vestidos, que fueron tantos y tan ricos que los padres de la desposada se tuvieron por más que dichosos en haber acertado con tan buen yerno, para remedio suyo y de su hija”.


Luego, lo atormentó su hogar. Cómo construir una casa de tal modo que nadie pudiera advertir la beldad de su mujer. Para solucionar su dicho suplicio, “compró una en doce mil ducados, en un barrio principal de la ciudad, que tenía agua de pie y jardín con muchos naranjos. Cerró todas las ventanas que miraban a la calle, y dióles vista al cielo, y lo mismo hizo de todas las otras de la casa. En el portal de la calle, que en Sevilla llaman casapuerta, hizo una caballeriza para una mula, y encima de ella un pajar y apartamiento donde estuviese el que había de curar de ella, que fue un negro viejo y eunuco. Levantó las paredes de las azoteas de tal manera que el que entraba en la casa había de mirar el cielo por línea recta, sin que pudiese ver otra cosa”.

4

Preparó todo de tal guisa que nadie pudiera contemplar el arrebatado rostro de su esposa, después de lo cual fue a casa de sus suegros y pidió a su mujer, “que se la entregaron no con pocas lágrimas, porque les pareció que la llevaban a la sepultura”.


Hecha esta prevención y recogido el buen extremeño en su casa, “comenzó a gozar como pudo los frutos del matrimonio, los cuales a Leonora, como no tenía experiencia de otros, ni eran gustosos ni desabridos”; y así pasaba el tiempo con su dueña, además de sus cuatro doncellas y sus dos esclavas.


A tal grado eran sus celos que el anciano Filipo “no consintió que dentro de su casa hubiese algún animal que fuese varón. A los ratones de ella jamás los persiguió gato, ni en ella se oyó ladrido de perro: todos eran del género femenino. De día pensaba, de noche no dormía: él era la ronda y centinela de su casa y el Argos de lo que bien quería; jamás entró hombre de la puerta adentro del patio".

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Pero en Sevilla, corno en todas las ciudades, había una clase de gente ociosa y holgazana, “a quien comúnmente suelen llamar gente de barrio”, y de ella surgió un virote, mozo galán soltero, que irritaba su curiosidad por saber quién diablos vivía en esa muda residencia. Al enterarse que adentro vivía una hermosa joven recluida por su viejo marido, “le encendió el deseo de ver si sería posible expugnar, por fuerza o por industria, fortaleza tan guardada”. Se vistió de mendigo para intentar “tan dificultosa hazaña” y con una guitarrilla (“algo grasienta”) comenzaba a tañer, a las puertas de la silenciosa mansión, algunos “sones alegres y regocijados”.


A la hora en que viera partir al viejo con las llaves de su fortaleza, que a nadie dejaba, el virote Loayza tocaba y cantaba con tanta gracia que Luis, el negro eunuco vigía de la casa, “poniendo los oídos por entre las puertas, estaba colgado de la música del virote, y diera un brazo por poder abrir la puerta y escucharle más a placer; tal es la inclinación que los negros tienen a ser músicos”.


Por ese conducto fue que el virote, seduciendo al negro con la música que a éste le ardía por rasgar y cantar en la guitarra grasienta (“ninguna cosa me enronquece tanto como el vino —decía el negro—, pero no me lo quitaré yo por todas cuantas voces tiene el suelo”), pudo entrar a la misteriosa casa y causar el consecuente estrépito que desmoronó aquella mansedumbre en ese primigenio castillo de la pureza.


Por algo el propio Cervantes Saavedra, en su Don Quijote de la Mancha, no dejó de apuntar que Sancho Panza, mientras fungió como gobernador de la ínsula Barataria (apenas una decena de días), entre otras prudentes ordenanzas “puso gravísimas penas a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni de noche ni de día”.


Porque desde entonces en esto de la canción siempre ha habido una descomunal farsantería.

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Tal vez el negro Luis sea el primer bluesista en la historia de la literatura y el buen Sancho Panza el primer ajustador reglamentario en pro de la buena música, pero nadie se ha dado por enterado.


Pero también están en aquella literatura, acaso, el primer fanático, el hombre que, sin importarle el físico del intérprete, desea conocerlo, y el primer crítico que desea expandir para el bien de su comunidad la buena música. Sin embargo apreciarnos, asimismo, al primer farsante de la música, que la utiliza para otros fines, distanciado del arte y cercano de las sutiles provocaciones que ésta trae consigo de manera inherente.


Aquí está sólo una curiosidad al acecho de un cantor, porque evidentemente Cervantes Saavedra desconocía el futuro de la masividad melómana. Los tumultos, de a poco, irían congregándose en derredor de la música (faltaban todavía tres siglos y medio para que las audiencias mayúsculas surtieran el efecto anhelado por la nueva industria fonográfica), con naturalidad en un principio, espoleados y de manera dosificada posteriormente. Y también está, en esta deslumbrante literatura, el imposibilitado por desfacer los entuertos de la canción, ya que el gobernador Panza sale con prisa de su ínsula por no poderla remediar.


Esa atracción por la música es milenaria.

¿Quién que escucha una música que le toque las fibras de su interior no quiere saber más de los ejecutantes?

En los tiempos remotos, sin luz eléctrica, los conciertos (que no eran llamados así, ni concebidos como ahora los atendemos, sino incluso se podía platicar y reír mientras los músicos se concentraban en sus instrumentos) se llevaban a cabo gracias al legítimo interés del público por las obras de los creadores.

7

Pero todo comenzó, en efecto, por el afecto ensoñador que cada uno pudiera sentir por la música del otro.

Como la irremediable atracción del negro Luis por los guitarreos grasientos de un sonero cuyo fin estribaba en situaciones por completo ajenas paradójicamente a su propia música.

Por Víctor Roura


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