• Miguel Ángel Avilés

El buzón


El tiempo transcurre y ese buzón sigue ahí, a la sombra de la especulación y el misterio. La fecha exacta se desconoce, pero lleva años empotrado en esa pared del principal café del Mercado Municipal de Hermosillo desde que hace unas décadas, un bien intencionado de la PGR, ingenuo o populista, la puso en ese lugar para que los ciudadanos depositaran sus quejas o sugerencias.


Es bonito que las dependencias le tomen el parecer a la gente pues de esa forma, ellas también se toman el pulso y saben cómo andan en cuanto a eficiencia. Hoy ya hay más disposiciones legales sobre participación ciudadana y también hay más instancias a través de las cuales se puede denunciar el mal comportamiento de algún servidor público. Pero cuando colocaron ese receptor de opiniones muy poco de esto había.


Estoy hablando, por situar un periodo, de la década de los setenta o de los ochenta, cuando los abusos de autoridad estaban a la orden del día (y de la noche) y no cualquiera podía alzar la voz sin correr el riesgo que fueran tras él y lo apañaran por andar de subversivo y de inmediato meterle una serie de golpes contusos en varias partes de su cuerpo, por decirlo con propiedad o elegancia y no decir jodazos.


Con más razón resulta interesante saber todo sobre ese buzón. Entre otras cosas, me gustaría saber si en verdad fue colocado ahí para que nos expresáramos, libremente, en torno a la labor de un órgano al que bastaba y basta nombrarlo para que nos dé un escalofrío o si era una especie de carnada que la procu colocaba en zonas estratégicas para que algunos incautos bajaran al agua y así echarles el guante cuando estuvieran depositando su inconformidad o su queja o su mentada o su denuncia.


Pero mientras elucubramos sobre la verdadera intención que se tenía y que a estas alturas será difícil conocerla, por que mejor un día nos damos a la tarea de abrirlo para quitarnos la curiosidad con respecto a lo que pueda haber adentro.


Puede que nunca nadie se haya manifestado y ese buzón esté virgen. Puede que durante los primeros días, los parroquianos se amontonaron para quejarse de los atropellos que sufrieron a manos de un par de agentes federales o de un Ministerio Público o de la secretaria o del guardia o de una madrina. Puede que en una o dos veces algún encomendado de la PGR fue, abrió el hoy enmohecido candado y se llevó consigo cuanto papelito encontró para responderle a cada uno de los interesados o para incinerarlos a la primera de cambio.


Pero qué tal si se les olvidó y luego de tantos años, no han vuelto jamás para saber que dijo la voz populi respecto a tan cuestionada dependencia. Recuerden que, según los cálculos, está colocado ahí desde hace casi cuarenta años.


Créanme que a mí me gana el morbo por saber a quién acusaban en esos días o a quien denunciaban por torturador o que petición hacia el pueblo o que proclama social escribió ese hombre joven que una mañana llegó sigiloso y metió ese escrito, al tiempo que volteaba para todos lados con tal de que nadie lo fuera a ver.


Qué tal si resulta la caja de pandora de la guerra sucia en Sonora de esos años. Qué tal si nadie peló a ese llamado y está vacía. Es una posibilidad. Pero qué tal si nos encontramos con acusaciones a prominentes políticos de esa época. O alguna carta de rechazo a las detenciones arbitrarias de algunos líderes. O un desplegado de apoyo para el Negro Durazo para que se postulara como gobernador del Estado. O una misiva donde se pedía su cabeza y la de Sahagún Vaca. O un manifiesto inédito de la liga 23 de septiembre.

O Piropos al entonces Gobernador, Don Samuel Ocaña. O un cheque como pago parcial de un rescate por un secuestro. O una carta de amor que alguien no se atrevió a entregarla personalmente a su destinataria. O la lista negra de funcionarios que ya desde entonces andaban en malos pasos. O fotografías comprometedoras de algún personaje público donde estaba recibiendo un maletín lleno de dólares. O un recibo del agua o de la luz que por equivocación fue a dar ahí. O el poster de Rossy Mendoza o Grace Renat o cualquier vedette de moda que metieron nomas para hacer el daño.


Vaya usted a saber. Pero yo me como las uñas por develar el secreto y la PGR, obviamente, no tiene para cuando regresar. Pero podemos nombrar una comisión. O dos. Una para que bote el candado a martillazos y otra para que recoja todo la acumulación epistolar, si es que la hay. ¡Qué emoción! Enseguida nombramos entre los asiduos al Mercado, a una mano santa para que escoja al azar una a una las cartas y nos las vaya leyendo como si leyera los números de la lotería. ¡Qué emoción!


Ahí está mi propuesta. Claro, nada nos garantiza que el aludido casillero este hasta el tope. O, incluso, que tenga algo, pero yo no puede dormir con la zozobra de que es lo que contiene. Sobre advertencia no hay engaño. Eso sí: si nos encontramos con historias aterradoras que ameritan conocerse por la procuraduría para su investigación, hay que llevárselas. Si indagan o no indagan , allá ellos, nosotros ya cumplimos. Ahora que sí no hay ni basurita, pues ya vemos que hacer. Lo dejamos abierto para que sirva como palomar o lo volvemos a cerrar con el mismo propósito que lo hizo la PGR , con la promesa de que ahí iremos a dejar alguna queja, alguna ilusión, algún testamento, alguna inconformidad, alguna receta de cocina, alguna carta de despedida , alguna canción escrita en una servilleta, algún número telefónico , algún medicamento que urja , alguna credencial extraviada , alguna fotografía en color sepia , algún plano que nos conduzca a un tesoro o la historia de un Mercado que nunca se habrá de cerrar.

Por Miguel Ángel Avilés

Autor y Abogado

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