• Alberto Ángel "El Cuervo"

El amor en tiempos de... pandemia


Debo haber tenido cerca de cuatro años de edad… El terror me invadió al estar escuchando a mi padre hablarnos como adultos para mantener el cuidado extremo contra esa enfermedad… No sabía, lógicamente, a qué se refería al hablar de una epidemia, pero debía ser algo muy malo y peligroso… “Tos Ferina”, se llamaba la enfermedad… Los niños, de manera especial, deberíamos tener cuidado especial para prevenirla. Por las noches, las pesadillas no cesaban… El mecanismo de expresión que los sueños tienen en la sustitución, desplazamiento y condensación de los sucesos reales u oníricos, permanecía a mi lado aterrándome aún más y motivando que recurriera a todas las oraciones… Las oraciones lo pueden todo… Eso decía una mi abuela… Las oraciones hacen que el universo conjure y acomode la vida para traerte lo que invocas. Por eso, por eso tienes que ser extremadamente cuidadoso con lo que pides…


--- ¡Cuidado con lo que pides… Porque se te puede conceder…!

--- ¿Por qué lo dices, abuela…Qué no se trata de que se te conceda lo que pides…? ¿Qué no es la intención de las peticiones en la oración el que se te cumpla precisamente lo que estás pidiendo..?

--- Efectivamente, hijito… De eso se trata… Por eso es que hay que tener muy claro lo que estamos pidiendo… Que se trate de algo que verdaderamente pidamos, necesitemos y no solamente sea un impulso del que luego vayamos a arrepentirnos…


Eso decía siempre, aquella mi abuela… Aquella mi abuela del bastón de madera desteñida y el pelo semiblanco que había migrado con los años más allá de la frente… Aquella mi abuela de los huesos largos, largos que alguna vez quizá, fueran algo parecido a brazos y piernas atractivos que lograron capturar al abuelo en su concupiscencia… Aquella mi abuela que se pasaba largas temporadas con nosotros… Aquella mi abuela que siempre viajo con su equipaje lleno de miradas adustas y regaños junto a su ropa seria y perfumada de naftalina y que delante de mi padre nos miraba inquisidoramente mientras él alargaba sus indicaciones para cuidarnos de la Tos Ferina.


Después de unas semanas, la abuela se fue de regreso a Comalcalco… Ese nombre, Comalcalco… Comalí-Calicó, lugar de los comales, estaba siempre lleno de selva, de mar, de milpa y de cacao… Y de alguna manera, todo ello inundó indeleblemente mi pensar y mi sentir… Pues hacia allá viajó de regreso la abuela solamente para regresar a los pocos días con su bastón de madera deteñida, su ropa seria perfumada de naftalina y su mirada adusta firmenmente unida a sus interminables regaños. En esa ocasión, el equipaje de mi abuela pesaba más… El peso era verdaderamente agobiante dado que llevó con ella a mi primo Miguel… Miguelito… De la sonrisa melancólica, la nariz repingada y la Tos Ferina acompañándolo… La alarma hizo presa de mi infancia y de algún lugar saqué fuerzas para prohibir a mis hermanos, mis hermanitos amados, el acercarse a Miguelito… Fue entonces cuando me enteré de la crueldad de la Bordetella Pertussis, bacteria causante de la enfermedad… No podía adjudicarle la maldad al cielo o a Dios, porque Dios era infinito en su bondad, así que debía ser la bacteria quien asumiera el calificativo acusatorio…. Fui testigo de cómo mi primo Miguel tosía al borde de la desesperación y caía al piso caso convulsionando… El llanto me hizo buscar, como siempre, refugio en la bondad infaltable de mi madre… Pregunté dónde estaba mi papá, porqué no venía a cuidarnos… Ella, me hizo entender entonces, que mi padre estaba en el hospital atendiendo a los enfermos y que en breve llevarían a mi primo para curarlo… Cuando vi llegar a mi padre, de regreso a la casa, quise salir corriendo a abrazarlo pero me lo impidieron porque tenía que quitarse el uniforme de Médico y bañarse con toda asepsia para poder tener contacto sin riesgo con nosotros… El riesgo era por la epidemia o epidemias cuasi permanentes de mi añorada y lejana infancia… Fue entonces, cuando observé las manos bellas de mi viejo siempre amado… Eran manos llenas de poder, de bendiciones que le confería el cielo (así lo había introyectado), para servir a los demás… Mi padre vivió para servir al prójimo por medio de su entrega a la práctica médica…. “CON MI CANTO, EREGÍ ESTE TEMPLO PARA ALIVIAR EL DOLOR”… Siempre nos recordó el letrero que el célebre tenor Dr. Ortiz Tirado, puso en la fachada de la clínica donde se atendía como labor social a todo aquel que lo requiriera… Ese y otros Médicos ejemplares motivaron siempre la conducta y ética intachables de mi padre y me impulsaron a buscar en el estudio de las ciencias de la salud, el comprender un poco más acerca del macro y micro cosmos… Uno de los axiomas favoritos de mi padre era: “La enfermedad es el llanto de protesta del organismo. Por eso hay que averiguar la razón de la protesta y hacer medicina preventiva antes de la medicina terapeútica.”


Mi padre me contó mil anécdotas y mil más que viví a su lado trabajando en el hospital de PEMEX como su subalterno, siendo él el Director del Hospital y yo manejando el banco de sangre del laboratorio. Entre las anécdotas y mi trabajo hospitalario, aprendí lo importante, lo extremadamente importante que resulta ser ante cualquier padecimiento, la actitud, la fuerza, la fe o como usted, lectora, lector, quiera llamarle… Mi padre vivió epidemias tremendas y las enfrentó con toda entrega, con toda energía, con toda fe. Estamos atravesando un momento terriblemente difícil. La pandemia actual ha sido calificada como la peor de la historia. Es ahora más que nunca, necesario pues, unirnos con esa fuerza, con esa energía y esa fe. Alrededor nuestro, tenemos ángeles que con su ejemplo predican… Los trabajadores de la salud. Todos ellos entregados a riesgo de su propia vida. Médicos, Enfermeros y Enfermeras, Psicoterapeutas, Afanadores, trabajadores en general de los servicios de salud que además de lidiar con la pandemia se ven en la necesidad de hacerlo con la angustia propia y ajena… La Pandemia que nos aqueja, trae consigo mil dificultades… Dificultades propias de la patología per se y aquellas no menos atribulantes que se dan como consecuencia lógica… La economía se ve directamente afectada y ahí, tenemos la intervención, no menos entregada de los científicos de la Economía, preocupados e intentando encontrar soluciones y/o paliativos en su caso… El corazón se desgaja como ahuehuete secular al contemplar la incertidumbre y el dolor que el paisaje nos muestra en el mundo entero… Pero, tristemente, con ello afloran también conductar reprobables discriminando e incluso agrediendo injustificadamente a quien pudiera resultar ligeramente sospechoso de ser portador de la enfermedad… Es verdaderamente ominoso el enterarse de las agresiones que han sufrido muchos de los trabajadores de la salud cuyo “pecado” es ¡intentar servir! Es igualmente detestable la actitud de algunas instituciones que se aprovechan del momento para deshacerse de sus trabajadores de manera ilegalpredicando que no tienen otro camino.


No es posible que se genere mercado negro en insumos médicos y/o básicos de subsistencia… Por eso es necesario darnos cuenta que el mal principal que tenemos en frente no es un virus, es la falta de conciencia que puede impedirnos el contrarrestar adecuadamente lo que mundialmente estamos padeciendo. No es un momento de juegos sucios politiqueros partidistas… No es momento , ni lo será jamás, para la rapiña asquerosa en donde la prédica es: “a río revuelto…” Es momento de reflexión, de buscar generar conciencia en nosotros mismos y también de participación activa al asumir la responsabilidad individual, familiar, gremial y social que nos corresponde. Si nos unimos, no hay duda de que este “llanto de protesta de la naturaleza” podrá ser aliviado. Vaya de mi parte, un abrazo, una esperanza, un arco iris luminoso y mi canto para que juntos, podamos vibrar y hacer vibrar al universo entero… Para que, de esa manera, la armonia vuelva a florecer y permanezca por siempre.


Fotografía: cottonbro de Pexels

Por Alberto Ángel “El Cuervo”.

México-Tenochtitlan, entre la primavera, la incertidumbre y el llanto reflexivo.

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