• Víctor Roura

De intelectuales- Historias de vergüenza y bochorno


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Uno supondría que en el orbe intelectual son inexistentes, o debieran serlo, las malsanas elucubraciones, las gratuitas deturpaciones, los reconcomios viscerales, la media vuelta despectiva, sobre todo porque es un gremio, el intelectual, que usa, valga la redundancia, el intelecto para conducirse en esta vida nuestra, donde el razonamiento no es muy frecuentado para dirimir diferencias.

Pero no es así.


Como en cualquier otro ámbito, en el de la cultura también el sinsentido permea en la capa cotidiana, de modo que es común, acaso demasiado común, mirar cómo un bailarín persigue con furia desmedida a un colega suyo después de una función para tundirlo a golpes, o cómo un dramaturgo niega tres veces a quien lo dirigió por vez primera y le dio la oportunidad para consagrarse en los escenarios, o cómo un escultor hierve de escozor ambicioso cuando se entera que un conocido suyo va a exponer en un museo donde él todavía no exhibe ni una pieza, o cómo numerosos autores mientan madres cuando se percatan de que no fueron elegidos como becarios en las listas de los nuevos afortunados.

Es común la desgraciadez, por supuesto.


Por algo Octavio Paz ni en los momentos de la agonía última fue capaz de otorgar el perdón literario a Carlos Fuentes. Y como éste, sobran los ejemplos de miseria ―o cicatería, o sordidez, o estulticia― cultural.

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Uno de estos vergonzosos, y también ―por qué no― ignominiosos, capítulos lo acabo de padecer con un connotado intelectual, cuyo nombre prefiero omitir, por el momento, dado el bochornoso comportamiento suyo nacido de una entelequia denominada algo así como impulsivo frenesí por los decires ajenos que los da como certeza indubitable. O algo así, caray.


Resulta que a este hombre lo busqué por varios meses, inútilmente. Lo quería invitar a colaborar en las páginas de un periódico cultural. Ya había trabajado con él en algunos medios, como en el suplemento “La Onda” del Novedades o incluso en El Financiero, yo en la sección cultural y él en los dominios de la mesa de redacción. Lo aprecio y lo respeto, pese a su fácil ira por cualquier desavenencia.


Lo busqué, como digo, inútilmente, hasta que un día mi amigo José Antonio Gurrea, ahora director del portal noticioso LaLupa, me proporcionó su celular. Y hablé, y hablé, y hablé, y del otro lado se registraba no sólo la ausencia sino las interrupciones bruscas de mis llamados, así que me decidí a escribirle mensajes telefónicos, los cuales transcribo, para el bochorno cultural, de manera textual con la intención, única, de exhibir las ridículas minucias en las que puede uno caer tras los vértigos y los extravíos, ja, del sutil razonamiento.

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Víctor Roura: Bueno, ignoro la razón por la cual cuelgas el celular cuando hablo. Ya no insistiré, pero te anda buscando el editor de Lectorum a quien le interesa hablar contigo. Es una pena que te niegues a hablar, Ni modo. Adiós.


Intelectual Crítico: No estoy en México, pero no entiendo que me invites a colaborar luego que te negaste a tomarme varias llamadas sin regresarme ninguna y las opiniones contra mí que me comentaron reporteros y colaboradores tuyos. Adiós.


VR: ¡Qué cosa! ¿No tomarte llamadas? ¿Cuándo? ¿De qué reporteros y colaboradores hablas en concreto? Ignoro todo lo que dices, aunque sé que los cobardes siempre hablan a espaldas de uno. Toda mi vida me ha pasado. Desde el proyecto del largo aliento te busqué, pero me decían que te negabas a colaborar conmigo (ahora quizá pueda entender que ni te buscó a quien se lo encargué). Con razón también la poeta [cuyo nombre omito, de igual modo] me dijo que yo no te quería y le contesté que eso era una infamia, chisme estúpido (no estuve en la presentación del libro que yo le edité porque me encontraba en Tijuana). En fin. Argucias, como siempre. Qué pena que creas todo eso.


IC: En concreto te llamé un día como a las 7 pm y me dijeron que estabas en la junta de editores en la dirección. Como si me lo fuera a creer. Luego supe que tu orden fue que no te pasaran mis llamados. [Un reportero]… me dijo algo ambiguo., ninguna invitación. Y me pareció sospechosa tu ausencia en la presentación de la poeta sin disculpas que no sueles dar ni explicación que supongo merecía. Ahí entendí todo. En fin, tampoco importa. Ahí muere.


VR: Tus palabras lo dicen todo: suposiciones, sospechas, ambigüedad. Yo no tengo nada que ver con lo que dicen o no dicen de mí. Si supieras lo que me han dicho de ti no lo creerías. Pero yo nunca he hecho caso de esas estupideces, y la poeta sabía muy bien que podía o no llegar yo a la presentación, que era, me parece, a la única que tenía que darle explicaciones. En fin. Qué pena, repito, Y un día contaré este barato chismerío, que yo no oculto lo que hago y digo.


IC: Confirmas lo dicho: nunca te disculpas aunque cometas agravios, no cumples compromisos y te niegues a contestar llamados cuando sabías que yo sabía que no entrabas a las juntas y no regresas telefonemas ni cuando te lo reclamé en persona. Seguro lo olvidaste, tu memoria es selectiva. Te pido por la amistad que tuvimos no vuelvas a mencionarme para bien o mal, ni cuando muera.


VR: Estoy seguro que ignoras que en mi libro Poder leer es ya no volver a estar solo estás como una especie de orientador intelectual en varios capítulos. ¿Eso es una muestra pública de aversión hacia ti? ¡Por favor! También me queda claro que es más sencillo colaborar en algo ya establecido que construir una publicación propia. La envidia y el resquemor brotan como las flores en la primavera. Yo siempre te he respetado (y cuando hemos discutido lo hemos hecho de frente). Si no lo crees porque básicamente crees en los rumores me rindo, entonces. Me apena que tu encono esté basado en suposiciones, pese a que eres un preclaro intelectual. Y voy a seguir nombrándote incluso antes de que partas de este mundo, porque siempre lo hago, y siempre lo he hecho con admiración.


Hasta aquí los mensajes, y hasta aquí el tedio intelectual, la disminución del diálogo, el favoritismo por la rumorología, la decadencia cultural.

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Después de haber reproducido este inexplicable diálogo, el Intelectual Crítico se indignó y en su blog me dio una zarandeada insólita, al grado de afirmar que él era el que dirigía en realidad la sección cultural de El Financiero, no yo, e incluso que le arrebaté a una bella reportera que él pretendía con voraz deseo sin saber, incrédulo, que esta hermosa dama había vivido un romance largo conmigo que acabó por cuestiones de ausencias inesperadas mías. El IC sí me nombró con todas sus letras, pero yo mantengo mi palabra, a petición suya, de no mencionarlo.


Y sigue dándome bochorno su actitud, por supuesto.

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Cuando el Intelectual Crítico me pidió, irrazonablemente (ya que le extendía de nuevo mi mano) que jamás en mi vida volviera a mencionarlo, cumplí con mi palabra. No me pidió, nunca, que no transcribiera el diálogo que habíamos mantenido mediante el celular, cosa que hice porque, me parece, en esa conversación se advierte la futilidad y lo superfluo que pueden caber en los pensamientos de los hombres de la cultura.


Por eso lo hice. Porque no comprendía la graciosa mezquindad habida en un ser que, durante largo tiempo, declaraba ser mi amigo. Que no lo era. Que nunca lo fue. Ni lo será. Porque en ese diálogo, irascible e incomprensible, se hallan, acaso, las raíces de una eclosión de odio que no percibí jamás, confiado como soy en los decires de mis interlocutores. (Y, sí, miro impertinencias mías, glosa infortunada, ¿pues qué decir cuando a uno lo están negando? Pero supongo que sucede lo mismo que en el amor: ¿para qué insistir cuando la querencia, en uno de los dos, se ha ya acabado?)


¡Pero el Intelectual Crítico ha leído mi fiel transcripción de nuestra desquiciada mensajería y ha explotado junto con las miserias que llevaba consigo muy adentro suyo, cuán diminuto es en sus concepciones humanas! Y lo ha hecho de una manera denigrante, lanzando mentiras a diestra y siniestra, incorporando fallidas entelequias, rumores infames, chismerío autoritario, induciendo al linchamiento de mi figura.


Continúa en la ruta miserable de la intelectualidad que ocupó la cúpula de la cultura en los años inmediatamente anteriores al nuevo siglo, donde García Ponce injuriaba a Elizondo y Elizondo insultaba a Monsiváis y Monsiváis reducía a Pacheco y Pacheco corregía a Fuentes y Fuentes maldecía a Paz y…


Un cuento de nunca acabar, porque ninguno confrontaba los hechos sino se quedaba, y con eso le bastaba, en las argucias inventariadas, ya propias, ya impropias, por él mismo. Y así caminaban, cada quien con sus justificaciones jamás puestas a debate.


Conocer a los que escriben puede ser ocasionalmente catastrófico. Pero las habas se cuecen, a veces, al primer hervor.

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Era entonces yo muy joven cuando comenzaba en este mundo de la escritura creído de que los creadores, ¡ay!, eran personas completamente decorosas y creíbles.


La vida, de a poco, me ha ido enseñando que, en efecto, no hay hombre distinto a otro, sea cual fuere su oficio, lo mismo ingratos que dignos, inseguros que arrojados, honorables que aviesos.

Como en el amor, exactamente.


Bochorno y grandilocuencia, vergüenza y arropamiento, mentiras y acogimientos, desmesuras y nimiedades.

¿Por qué habría de ser el mundo cultural la excepción?


Fotografía por Jaredd Craig en Unsplash

Por Víctor Roura

Autor y Editor cultural


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