• Faustino López

Chullpa

No. No me gusta ni me atrae la necrofilia, que es atracción por la muerte. Ésta, filosóficamente, es una manifestación de la materia, como la manifestación, igualmente, de la vida. Opuestas y, dialécticamente, complementarias, las dos son lo que una de las leyes de la dialéctica define como unidad de opuestos o de contrarios, condición que se da universalmente en todo. Sin embargo, más allá de tales disquisiciones, como reacción a la irracionalidad a que nos ha sometido la pandemia del coronavirus, en esta ocasión, llevado de la mano por la arqueología, exploraré vestigios humanos del tan temido e inevitable dejar de vivir, o como dicen en religión, la privación de la venturanza eterna.

El hecho fatal de que la vida termina en la muerte, nos coloca, independientemente a nuestros prejuicios, en una tragedia sin fin. Elevada al arte, la admiramos en la tragedia griega y en la obra de Shakespeare. Desde la antigüedad, de acuerdo a la cultura universal de todos los pueblos de la tierra, todo el afán humano, con sus grandezas y sus miserias, después de encarnar todas las vanidades de la vida, se convierte en polvo, venerado con respeto por todas las religiones. De ahí las tumbas y los monumentos funerarios o mausoleos (del griego Maysoleion, palabra que viene de Mausolo, persona de vida fastuosa, de Caria, antigua región de Asia Menor, en el mar Egeo).


Entre los vestigios portentosos para dichos fines destaca Gizeh, la inmensa necrópolis egipcia con sus complejos funerarios, entre los que se encuentran la Esfinge y las pirámides de los faraones Keops, Kefrén y Mikerinos. En la prodigiosa cultura teotihuacana prehispánica, asimismo, destaca el centro arqueológico de la ciudad homónima, con su espectacular calzada de los Muertos, tomada como eje donde se construyeron, entre el año 250 a. C. y el 100 d. C. las asombrosas pirámides del Sol y la Luna.

En el sur de nuestro continente, a cuya grandeza cantó con orgullo y esperanza, en Canto General, nuestro Nobel de Literatura chileno, Pablo Neruda, encontramos igualmente vestigios en Perú, pero no en las afamadas Nazca y Machu Picchu. Considero importante destacar aquí y ahora, que en ésta, Neruda vivió el drama más desgarrador que lo acompañó de por vida. Él, que amaba nuestra tierra como parte de su ser, quedó maravillado, como los europeos y el resto del mundo, de la majestuosa arquitectura de la asombrosa Machu Picchu, de cuya existencia apenas se supo en 1911. Pero cuando descubrió que sus constructores habían sido esclavos que habían dejado ahí su vida y su sangre, el dolor traspasó su ser, reclamándole a la ciudad que amaba que hubiera sacrificado también a los que la construyeron durante varias generaciones de sufrimiento y muerte. Y escribió el poema más conmovedor que se haya escrito jamás en lengua alguna en el mundo: Alturas de Machu Picchu. No era necesario buscar algún mausoleo entre sus ruinas. La ciudad entera debe ser homenaje a la grandeza y la inmortalidad del destino humano.


Situados en suelo inca, encontramos Chimú, asombroso recinto funerario decorado con bajorrelieves, en Chanchú, Perú. La cultura Chimú, preincaica, se extendió entre Piura y Paramonga, entre los años 1000 y 1474 d. C. y constituyó un reino con capital en Chanchán. Destacó por la cerámica negra, los tejidos y la orfebrería en oro y plata.


Y arribamos a Chullpa. Monumento funerario en forma de torre, construido por los aymaras en la época precolombina, como tumba de sus jefes.


El diccionario da cuenta de Aimara: un pueblo amerindio que habita en el Altiplano andino que bordea el lago Titicaca (Bolivia y Perú). Lengua hablada por dicho pueblo.


La enciclopedia, a su vez, destaca: en la actualidad, los aimaras se dedican a la agricultura, la pesca y los trabajos artesanos.


Originalmente asentados sobre territorios de las culturas de Tiahuanaco, Pucará y las chullpas funerarias, fueron anexionados al imperio inca (alrededor de 1450) y estos levantaron allí grandes construcciones (también pirámides del Sol y de la Luna).


Entre 1533 y 1542, el territorio aimara fue sometido por los españoles e integrado en el virreinato de Perú. El área de la lengua aimara en el pasado se extendió hasta el norte de Argentina.


Como se ve, los asesinos y depredadores españoles no solo destruyeron pueblos y culturas. Se aplicaron también en el intento de destruir nuestra memoria. De ahí el olvido de Challpa. Por analogía, fueron como el coronavirus con los seres humanos de ahora, que obliga a que no quede rastro de ellos, ni challpas que los recuerden.


Imagen principal de De F Delventhal - https://www.flickr.com/photos/krossbow/49573141971/, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=88799604

Por Faustino López Osuna | FACEBOOK

Compositor y Educador


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