• Juan Diego González

Cabo San Lucas en semáforo naranja

“Cosas veredes, Sancho, que non crederes”.

Frase atribuida al Quijote de la Mancha


Obligado por razones mecánicas del carro, salí a Cabo San Lucas. Con cubre bocas, gel antibacterial, toallitas húmedas con alcohol, toallitas húmedas con agua clorada, lentes oscuros, mucho protector solar y mi laptop (inocente de mí, pensaba leer una novela digital). La vista que ofrece la autopista transpeninsular entre Todos Santos y Cabo san Lucas es un espectáculo natural hermoso. Desde el 15 de junio, BCS está en semáforo naranja con respecto a los cuidados que se deben tener por el Covid-19. La mayoría de los trabajos ya pueden abrir, cuidando la capacidad de flujo de personas entre 30 y 40 % y las medidas de higiene correspondientes. En el primer semáforo en rojo pude percibir algo distinto en el ambiente. Los autos empolvados, pocos camiones de pasajeros, cubre bocas multicolores, gasolineras con largas colas.


Después del encierro la vida empezaba a moverse por las calles, aunque no era lo mismo. Cierto recelo se respiraba a través de los cubre bocas, de pronto, cada uno era sospechoso de contagio. Los pasos eran lentos, sacarle la vuelta al que está esperando en la esquina, bajarse de la banqueta si viene caminando un pequeño grupo de 4 o 5 personas. No hay gritos ni saludos efusivos, ni claxonazos, muy pocos esperan el autobús. El hospital del IMSS está custodiado por marinos y las escalinatas otrora llenas, están tristes y deslavadas.


Dejé el carro en el servicio para el cambio de balatas. Entré a la oficina y una endeble cinta dorada (listón para regalo) marcaba el límite de la sana distancia en el mostrador. La recepcionista me atendió con gran amabilidad pero no pude ver su sonrisa (me supongo que sonrió). Fui a la pequeña sala de espera y otra clienta se movió de prisa, nerviosa. Aunque mi intención no era sentarme, ella se fue al otro extremo del sillón azul. Me sentí como con roña. Pedí un UBER mientras la desconocida se aplicaba una exagerada cantidad de gel antibacterial en manos y antebrazos.

Salí de ahí y en 2 minutos llegó el UBER. El conductor se notaba tostado por el sol sudcaliforniano. En broma le pregunté por sus vacaciones. ¿Cuáles? Estuve en el campo, en la pisca de la uva en Todos Santos. Aquí en Cabo todo estaba muerto y uno tiene que sacar adelante a la familia. Su aclaración llena de orgullo me dejó algo serio. Llegamos al café y estaba cerrado (adiós lectura). Nos fuimos a otro y cerrado también. Seguían las colas en la gasolinera, casi todos los restoranes tenían grandes letreros con la frase “Sólo para llevar” y el teléfono para ordenar las viandas. Las oficinas de servicios turísticos y rentas de autos estaban abiertas pero vacías. Poca, muy poca gente en las calles de Cabo.


Le dije al piscador de uva que me bajará en una placita comercial, donde yo estaba seguro encontraría abierto un café. Y efectivamente, estaba abierto. Sonreí bajo el cubre bocas. Aunque no duró mucho la sonrisa, “servicio sólo para llevar” escrito en un pizarrón negro y gis de colores. A caminar. En la primera cuadra sentí el sol del desierto de la Baja Sur. Entré a un OXXO por agua. Me sentí como niño jugando a las escondidas entre los pasillos, ninguno de los clientes en ese momento, ni los trabajadores usaban cubre bocas. Salí de prisa ahora sí, no espere ni el cambio como dice el refrán. Saqué mis toallitas con cloro y limpié la botella. Dejé que mis pasos buscarán un lugar para tomar café y leer.


El cielo azul y limpio, un calorcito sabroso, casi nada de ruido, olores de ajo y mantequilla en el sartén, alguna gaviota, el tenue ruido de las palmeras tocadas por la brisa del Mar de Cortés, uno que otro carro circulando. Cabo casi perfecto. Hasta que recuerdas los miles de turistas llenando las calles, restoranes, tiendas, las playas. Trabajadores por todas partes, gritos, música de todo tipo y a todas horas, humaredas, olores, colores, lenguas de todo el mundo moviéndose en esta esquina del mundo. Eso ya no es, no existe. Este vacío postapocalíptico me sobrecoge, me tiemblan un poco las piernas y en la única banca disponible hay espacio, pero dos personas sin cubre bocas y, además, una estornuda, me hacen seguir de largo. Camino de prisa mientras tomó un poco de agua. ¿Acaso esta es la “nueva normalidad” de la cual hablan en las noticias?

Pásele amigo, aquí es. Una voz salida de una cochera me hizo volver los pasos. La cochera fue habilitada como fonda. “Sazón jarocho” dice un deslucido letrero. Lo veo limpio y siento un ligero a olor a cloro, todos traen cubre bocas. Quien parece la dueña se lo baja para sonreír ¿Qué le ofrecemos? Hay desayunos caseros y café. El sonido de la palabra “café” me tranquilizó. Había otros comensales y las mesas estaban separadas. Cuando la manteca chilló en el sartén, comprendí que el fin del mundo no había llegado. Frijoles negros refritos, huevos con jamón y nopales, café de olla (ligero toque de panocha) y los primeros capítulos de la novela El caso del chantajista pelirrojo de Jordi Serra i Fabra, me relajaron.


Antes de pedir UBER para ir por el carro, caminé hacia la Marina de Cabo san Lucas. El olor a mar es irresistible y el cielo de un azul más intenso todavía. El sol te pega, sin embargo la brisa marina te mantiene fresco, de verdad te gusta caminar por esa breve calzada de madera. Aunque esta vez luce desierta, nada de movimiento, todo está quieto, como esperando.


Lo que fuera uno de los centros turísticos más visitados en el mundo, en este momento de la historia está casi vacío, terriblemente triste. Una vez de regreso a Todos Santos, las cercanas olas del océano Pacífico parecían susurrarme estas preguntas: ¿Qué pasará con los miles de empleos, las miles de familias que dependen del turismo nacional e internacional? ¿Qué viene? ¿Qué nos espera?

Por Juan Diego González

Autor y Periodista

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