"Aquí también es bello".


Cuento  de la inmigración..


“¿Por qué nos tenemos que ir, mamá?” Le pregunté aquella ocasión infame a los siete años, cuando encobijados, nos sacó de la casa a mi hermana y a mí a la media noche. El lugar donde vivíamos con otros como nosotros estaba siendo arrasado por una horda de gringos, que con sus luces azules y rojas, nos trataban de intimidar. “We found the beaners!” decían “The scumbags are here!”. 


A punta de caricias y súplicas como latigazos nos dijo que bajáramos la cabeza para que no nos vea nadie. Atravesamos el jardín, se escuchaban palabras en inglés y un montón de linternas aluzaban muy cerca de nosotros. Nos agachamos rápidamente, mi mamá parecía que ya había hecho eso antes, nos sacó de la propiedad a través de una madera que se movía en la barda, nunca me había dado cuenta de ella. Llegamos al patio trasero de la vecina Eduvigis.

—¿Se acuerdan que les dije que yo no tenía papeles? —dijo mi mamá.

—Sí —le contestamos mi hermanita y yo. 

—Pues los señores esos vinieron a buscarlo, por eso están aquí.

—Mamá, yo sí tengo, ¿por qué no les das los míos? —ofrecí muy orgulloso.

—No es tan sencillo, corazón. Por ahora, nos tenemos que ir para que nadie nos separe.

—¿Si nos encuentran nos separarán? —pregunté.

      Mi mamá, antes de voltear, soltó un llanto breve que supongo ya tenía dentro, pero me contestó. 

—No solamente eso, corazón, nos mandarán a lugares diferentes. Pero cállate poquito, o se les va ocurrir buscar por acá.

      Estando un poco a salvo al otro lado de la barda, escuchamos un “Tssst, tssst”. 

—Mamá ¿qué es eso? —mi hermanita preguntó con miedo. 

 

La señora Eduvigis estaba en el marco de su ventana con sus manos de fuera, de ellas pendían dos bolsas del Albertsons con algunas latas de comida y lo que parecían chamarras. 

—¡Ay, señora! La voy a extrañar a usted, muchas gracias, bendita sea —dijo mi mamá.

—Es para que te acompañe Dios un poquito, mija, cuida a tus chamaquitos, ¿sí?

—Son lo que más quiero en la vida —dijo, y su voz se quebró un poco.

—Ya me tengo que meter —dijo la señora Eduvigis— Mira, Amalia, mi hermana vive en la calle de enfrente en la casa que tiene dos rosales en la entrada. Si logras cruzar la calle, métete a su patio trasero, no tiene reja. Ahorita ella está rezando en su cocina con otras de su iglesia, le dices que vas de parte mía y que vas para ayudar en la iglesia. Ahí estarán a salvo unos días, en lo que termina la cuaresma.

—No sabe cuánto se lo agradezco, Eduvigis —mi madre le besó las manos.

—Ya vete niña, y cuida a los tuyos —se metió en su ventana y no la vimos más.


Con mucho esfuerzo cargó en sus hombros a mi hermana y nos fuimos de ahí. Caminamos en silencio por el callejoncito que se hace en la unión de todos los patios traseros de la casas. Yo tenía muchas preguntas, por ejemplo: ¿mañana iría a la escuela?, ¿ya no vamos a regresar a la casa?

—Mamá, ¿tú sabes en dónde nos vamos a quedar? 

—Vamos a tratar de ayudar en la iglesia donde trabaja la hermana de Eduvigis —explicó.

—¿Y después de ahí, para dónde iremos? —insistí. 

—Cállate, por favor, Luis Alberto —Sentenció. 

—Pero mamá, ¿a dónde vamos? —insistí nuevamente.

     

Mi madre se detuvo en seco, se agachó a mi altura y con la voz quebrada me dijo:  

—Hijito… —en sus ojos unas lágrimas me miraron— si los policías nos encuentran nos van a separar y me van a llevar muy lejos de ustedes dos. 

—Okei, pero después de ahí ¿a dónde vamos, mami?


Todavía estaba frente a mí, con sus bolsas del Albertsons y con su hija al hombro. Guardó un silencio estridente que me dijo una sola cosa: no teníamos a dónde ir. 

—Ya falta poco para llegar con la hermana de la vecina —dijo mi mamá. 

 

En ese momento, por la misma callejuela de patios traseros, unos policías que tenían “Homeland” en sus pecheras empezaron a caminar con un perrote llamado “K-9”. La respiración de los tres, que estábamos en el final del callejón, empezó a incrementarse. Mi hermana miró al animal y empezó a llorar. 

—¡Lucía, cállate, por favor! —le ordené. 

—No le hables así a tu hermanita —me regañó.

—Pero nos van a encontrar, además ¿por qué nos tenemos que ir? No quiero irme de Estados Unidos.

—Mijo, ¡nos tenemos que ir ya!

—¡¿A dónde?! —grité.

     

Mi mamá puso un dedo sobre su boca denunciando mi sobresalto. La quijada de mi mamá temblaba. Lo recuerdo bien. 

—Mírame, Luis Alberto ¿Quieres que me lleven y que te quedes sin tu mamá? —Me tomó las dos manos fuertemente— Mijo, ¿te quedas aquí, solito? Si eso quieres puedes ayudar en la iglesia pero te vas a quedar sin tu familia.  


Dos rapados de uniforme azul se acercaban con otros hombres y sus “Homeland” en las camisas. Las voces en inglés enojado venían aproximándose poco a poco. Los tres cruzamos la calle con las chamarras baratas recién regaladas y las bolsas de Albertsons con nuestra vida en ellas. Llegamos a la casa de los rosales donde nos prometieron ayuda.  

—Mamá, mejor vamos a un lugar donde nunca nos separen —le supliqué. 

—Entonces vamos a México, hijo, allá siempre estaremos juntos ¿verdad que bello sería estar allá?

—Aquí también es bello —Contesté sin pensar. 


El perro empezó a ladrar y un policía dijo: “We found the last beaners” el sonido incrementó demasiado, los vecinos encendieron las luces de sus casa para saber qué pasaba. Nosotros, de ser un punto muerto, pasamos a ser los inmigrantes de la comunidad. Mi hermanita señaló con su dedito el fondo de la callejuela, “mira” dijo, una horda de policías cruzaban la calle hacia nosotros. La casa de la hermana de Eduvigis encendió sus luces y cerraron las ventanas que tenían abiertas. Los policías llegaron, el perro nos hizo llorar, ladramos la separación.


 Adiós Ramiro, adiós miss Paty, adiós mamá, adiós Sparky. Me despedí en mi mente de todos mis amigos al tiempo en que el policía John Holder me amarró las manos con un plástico como para guardar comida en el refrigerador. Metieron a mi mamá en un autobús lleno de adultos, mi hermana y yo nos fuimos en una patrulla con dos mujeres policías. “Estados Unidos ya no es bello” pensé —¿Y mi mamá? — Lucía preguntó llorando. 

—Todo estará bien, niños, están seguros con nosotros, esto es una rutina de Homeland Security— contestó la oficial Rosa. 


 Nos llevaron a un centro donde lo único que se miraba era un sinfín de autobuses ir y venir. Adentro, un mar de cabecitas infantiles inundaba una gran sala dispuesta cual estación para deportar a jóvenes a sus lugares de procedencia de manera segura. La agente rosa nos hizo esperar sentados en unas butacas. Al no saber qué era ese lugar le pregunté a un joven quiénes eran todos los que estábamos adentro. 

—Todos somos migrantes —contestó.

—¿No nos llaman “inmigrantes”? —cuestioné la palabra. 

—Mi papá me dijo que inmigrante es aquél que viene a quedarse y migrantes los que vienen de paso.


Para llevarles felicidad a nuestra familia teníamos que venir de paso a Estados Unidos.

—¿La felicidad de regresar? —no entendí de lo que hablaba. 

—¡Dinero, pendejo! ¡Para ser feliz se necesita dinero! Todos aquí vamos de paso, a nadie nos interesa los Estados Unidos. Queremos dólares para dárselos a nuestras familias. Para todo en este perro mundo se necesita pagar algo. De donde vengo solo hay pobreza. 

 

John Holder nos llamó a su oficina: “¡Aguirre!”, gritó en el marco de su puerta. La agente Rosa nos llevó con él. El rapado de uniforme azul sacó nuestros papeles y los puso delante de nosotros. Para nuestra sorpresa él hablaba perfecto español. 

—Estos papeles los llevaba su madre en la bolsa, son las actas y el Security Number de cada uno. 

—¿Y mi mami? —preguntó Lucía, mi hermana un poco asustada.

—Primero que nada quiero que se calmen. Encontramos que sus documentos están en regla y legalmente son ciudadanos. Pero su mamá no, así que deberá dejar el país en 12 horas, lo que les da medio día para decidir si quedarse o irse. La madre, en la mayoría de los casos tiene la custodia, pero estoy obligado a preguntarles si tienen algún familiar en los Estados Unidos que pueda hacerse cargo de ustedes mientras alcanzan la mayoría de edad. 


 Mi hermana empezó a llorar y la agente Rosa tuvo que venir a calmarla. El teniente Holder se acercó y me preguntó: “¿De verdad vas a dejar a tu mamá en México? necesito que me digas que te quieres ir allá.” La agente volvió con una manzana y dos bolsitas de comida para inmigrantes. 

—¿Por qué no se puede quedar mi mamá? Yo quiero vivir aquí, aquí están mis amigos.

      Al agente Holder se le enrojeció un poco la cara y me gritó:

—¡Si a tu mamá no se le ocurrió nacer aquí entonces no puede vivir aquí! Solo ciudadanos. 

       Holder miró a Rosa y ella le devolvió una mirada reprobatoria. Mi hermana volvió llorar. 

—I dont have time for this  —dijo mientras le señalaba la salida a su compañera. 


Volteé con Rosa y le dije que me quería quedar con mis amigos, en mi escuela, con miss Paty. Ella solamente sonrió sopesando lo tonto de mi solicitud. Yo solo era una cabecita como de tantas que había allí, llenas de temor. Holder siguió con sus interminables interrogatorios con los otros niños: “Orozco”, anunció.


Por la noche nos dirigieron a los dormitorios donde todos duermen antes de ser deportados. Mi hermana fue llevada a una zona de niñas más pequeñas. El sitio era lúgubre, nadie duraba más de un día entero ahí. Si acaso dos noches como máximo. Los guardias se burlaban de nosotros, “Dirt childs” nos decían.

—Soy Pedro —me dijo un niño que dormía en la cama contigua. 

—Yo soy Luis Alberto, como me dice mi mamá. 

—¿Tienes mamá? —preguntó sorprendido. 

—Sí, ¿y tú? 

—No, murió en El Salvador. De allá soy. ¿Tú para dónde vas? 

—Nací en San Diego, pero mi mamá no. Mañana nos dirán si quedarnos o irnos con ella —mentí, la decisión era de mi hermana y mía.


Platicamos sobre nuestras vidas, casi al terminar me pidió que le platicara cómo era tener mamá y conversé un poco sobre ella, hablé de su manera de preocuparse y hasta de vestirse. “Así se viste una mamá” decía Pedro. Ya al dormirnos no sé si me lo dijo o simplemente lo pronunció pero al dormitar le escuché:

—Lo que yo haría, Luis…yo me fuera…con ella —y se entregó al sueño.  


Al día siguiente nos subieron en cuatro autobuses que iban hacia la frontera con Tijuana. El camión olía a excremento. Los agentes que nos escoltaron parecían excesivos comparados con el grupo de niños que cuidaban, y que expulsarían de “su” país como cualquier otro día. 


Bajamos del camión, el día era soleado, me reuní con Lucía. Los guardias nos alinearon para lanzarnos a México sin decir más. En ese momento reconocí la silueta de una mujer, la agente Rosa vino hacia nosotros. 

     —Si decides quedarte, serás enviado al “Orphans and Vulnerable Children Program” —dijo.

     —¿Nos vamos a quedar, Luis? —preguntó mi hermana— ¿y mi mamá?

     —Estados Unidos es mejor, Lucía. 

    —No te culpo por dudar—dijo la agente Rosa— Es un bello país, puedes quedarte, pero serás separado de tu hermana. 

     

Guardamos un silencio no permitido. Afuera, el niño con quien platiqué la noche anterior, interrumpió el momento. 

“¡Tu mamá, Luis!” —gritó señalándome la puerta de salida “Welcome to México”.


Pasamos por la seguridad y poco a poco nos adentrábamos en zona mexicana. Miramos a mi mamá a lo lejos. Mi hermana se emocionó mucho, al fin estábamos en el otro lado, en ese lado donde podíamos estar juntos. La agente Rosa nos miró desde lejos, sonrío infinitamente y nos saludó. Mi madre no cabía de felicidad de vernos junto a ella. 

      —¡Mami! —gritó mi hermanita al verla, corrimos y nos abrazamos. 

      —Los extrañé mucho —dijo, y noté sus ojos moreteados y su boca hinchada.

      —Mamá, me dijeron que nosotros nos podíamos quedar, pero tú no. Yo te amo, pero extrañaré mucho a mis amigos, a mi escuela y a miss Paty. Me arrepiento, mami, allá no es bello. Sin ti ningún país es grande ni bello —le confesé sintiéndome muy mal conmigo miso. 


Mi madre soltó una lágrima y una bocanada de aire nostálgico, sin embargo, Luis pudo encontrar en sus ojos un tipo de esperanza que crecía momento a momento. Y sin más, simplemente le dijo:

—Ya verás, corazón, que aquí también es bello.  

Por Miguel Alberto Ochoa

FACEBOOK






¿Qué es un espacio? Geométricamente una nada.

Ramón Xirau

0 vistas

©2020. Derechos reservados por Todas las Voces.